Es tremendamente cortés. Tanto que lleva más de 30 años hablando sin inmutarse de un personaje que, pese al mundo, él ya dio por finito hace todo ese tiempo. Mafalda le persigue y Joaquín Salvador Lavado, Quino para todas sus tiras cómicas, no echa a correr. Este hijo argentino de andaluces, se queda tranquilo y regresa con dulzura a sus primeros trazos como si no lo hubiera hecho millones de veces. Admite órdenes fotográficas para tocar el pelo de su muñeca, trasladada del papel al Salón del Libro Iberoamericano para festejarla en tres dimensiones. Se sienta a su vera, la redibuja en una pizarra con un único reclamo («¿no tendré que colorear de negro todo el pelo verdad?») y firma en decenas de prólogos de su mordaz niña bonaerense, pese a que no entiende cuál es el objeto de un autógrafo. Y todo con 73 años cumplidos y absoluta paciencia.