HACE unas semanas aparecían en la prensa estatal unas declaraciones del decano del Colegio Nacional de Ingenieros de Caminos. Su objetivo era evidenciar la necesidad de que los titulados en ciertas ingenierías dispusieran de un master en ese campo para poder ejercer su actividad profesional. Estos estudios, de uno a dos años, complementarían el diploma de grado en ingeniería, que con la reforma de los títulos universitarios disminuiría su duración al menos un curso. El decano hacía hincapié en que una reducción de los créditos docentes generaría una disminución de la calidad de los ingenieros en una profesión con una gran responsabilidad civil. En sus primeras líneas el artículo exponía la gran repercusión que tendría un fallo en un proyecto de ingeniería de Caminos o Industrial, contraponiéndolo con la escasa responsabilidad de otras ingenierías como Informática y Telecomunicaciones. «Un fallo en la estructura de un puente o en la presa de un embalse puede tener consecuencias catastróficas», exponía el decano.
Si bien no es discutible la gran responsabilidad de Industriales y Caminos, el señor decano se equivocaba profundamente al poner tanto Informática como Telecomunicaciones como ejemplos de profesiones con poca responsabilidad civil. ¿Qué pasaría si el programa con el que el ingeniero de Caminos hace los cálculos de resistencia de un puente falla? ¿Qué pasaría si los cálculos que genera son erróneos y el puente no supera las pruebas de resistencia o se derrumba? ¿Quién incurre en la responsabilidad, el ingeniero de Caminos que diseñó el puente o el ingeniero en Informática que desarrolló el software con el que se hicieron los cálculos? Este es únicamente un ejemplo que da idea de la importancia del software en nuestra vida diaria, pero extrapolable a cualquier otro ámbito.
Las centrales nucleares, la distribución eléctrica, los sistemas semafóricos de las ciudades se regulan con aplicaciones informáticas; las transacciones bancarias, los sistemas tributarios, la facturación de las empresas se realizan con programas. ¿Qué pasaría si el mes que viene no se pudiera cobrar las pensiones porque el sistema de la Seguridad Social fallara? ¿Qué pasaría si nuestros expedientes médicos se filtraran en internet? La lista de actividades cotidianas donde la informática adquiere un papel clave es interminable. Actividades donde la diferencia entre un buen funcionamiento y uno malo puede cambiar la vida de personas de forma muy importante.
En muchos casos no nos damos cuenta de que la informática está ahí detrás, pero la realidad es que sí está y que consigue que las cosas funcionen. Detengámonos un momento a pensar cómo sería el mundo sin informática. ¿Han oído las historias de sus padres o abuelos sobre cómo era la vida en los años 30, 40 y 50? ¿Recuerdan la profesión de guarda agujas?, ¿los pasos a nivel donde había una caseta y el guarda subía y bajaba las barreras? ¿Se imaginan volviendo a hacer la declaración de la renta con lápiz y papel?, ¿el DNI escrito a máquina?
En la actualidad, la importancia de la informática es indudable y en los años futuros todavía lo será más. Hace unas semanas un fallo informático colapsaba todos los centros de atención primaria de la Comunidad Valenciana. Sin ordenadores, los centros no pudieron dar citas, y los profesionales sanitarios se vieron obligados a trabajar en condiciones extraordinarias, al no poder acceder a los datos clínicos de los pacientes, ni otorgar partes ni extender recetas electrónicas. ¿Es la informatica una profesión con mucha o poca responsabilidad civil? Piensen en ello.