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Martes, 16 de mayo de 2006
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OPINIÓN
OPINIÓN EDITORIAL
El hampa, contra Brasil
CUATRO días después del inicio de las rebeliones en prisiones del estado de Sao Paulo, un total de 45 cárceles y centros de detención provisional continúan desbordadas por la violencia. Entre 50 y 70 muertos, de los que 35 eran funcionarios de servicios policiales o penitenciarios, se cuentan ya desde que el pasado viernes estallaron en el estado de Sao Paulo graves desórdenes inducidos por los jefes del hampa brasileña en respuesta al traslado de sus líderes más conocidos -los que forman el llamado 'Primer Comando de la Capital'- a cárceles de seguridad; 217 personas permanecen como rehenes y se desconoce aún el número exacto de muertos o heridos que se han producido en el interior de muchas de las unidades penitenciaras sin control. Y en las calles de Sao Paulo 65 autobuses y diez oficinas bancarias incendiadas dan fe de la arrogancia que frente a un Estado como Brasil esta superestructura criminal se permite.

Se ha hablado muchas veces del 'Primer Comando', sobre todo cuando se ha pisado su terreno con programas de erradicación de la pobreza o de recuperación de armas ilegales en manos privadas, pero no se esperaba una reacción tan brutal. El escenario de la situación es el Estado de Sao Paulo, el vigoroso territorio industrial del Brasil dinámico que, sin embargo, combina un creciente progreso material con una desestructuración social clamorosa, tantas veces denunciada por la Iglesia. Que el hampa haya alcanzado tal implantación y disciplina se explica justamente porque, en el mejor estilo de las tríadas asiáticas o la mafia ítaloamericana tradicional, estos cárteles mafiosos proveen a sus miembros de una red de asistencia que cubre las carencias del propio Estado en las barriadas marginales e incluso les da ciertas garantías económicas. No es de extrañar así que su lealtad esté asegurada a prueba de cargas policiales.

En primera instancia, las autoridades no tienen más remedio que restablecer el orden, acabar con los motines carcelarios y cumplimentar el programa de dispersión de presos peligrosos. Pero a medio plazo también deberán ponderar todos los factores que hacen posible una situación de tamaña emergencia social, impropia de un país cuyo peso en el mundo crece cada día y es, además, un espejo en el que se miran otras naciones latinoamericanas.



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