DIOS me libre de prejuzgar los últimos sucesos relacionados con Afinsa y Fórum Filatélico que afectan a miles de pequeños inversionistas. No creo que estos, que hoy ven en el alero sus ahorros, hayan sido unos pardillos o unos ambiciosos ni, por otra parte, que se deba hacer leña del presunto estafado o del supuesto estafador. Ahora es fácil decir que los sellos no pueden dar para tanto ni garantizar un mínimo de seguridad; que invertir unos ahorros en algo tan intangible es como si se tirase el dinero al agua; que la filatelia es una afición y sólo casualmente puede llegar a ser un negocio y, finalmente, que tras un interés entre el 6% y el 10%, que llega a cuadruplicar lo que da un banco, siempre hay, por mucho que se quiera mirar para otro lado, el riesgo evidente de quedarse sin nada. Por desgracia, los que pierden son siempre los mismos.
No deja de llamar la atención el que los cerebros de las diferentes tramas irregulares, tras su paso, generalmente liviano, por la prisión, no sufran significativas pérdidas patrimoniales. En los últimos años hemos visto a banqueros en la raya de la delincuencia, a políticos corruptos que sobre información privilegiada edificaron una fortuna contraviniendo normas urbanísticas, y a empresarios que, sobornando todo lo sobornable, cayeron desde la cumbre dorada a un negro abismo. Sin embargo, tras el escándalo financiero, muchos de ellos siguen con un cómodo bien pasar. ¿Han rehecho su fortuna? No, es que nunca la han perdido. Se dio la vuelta la tortilla, pero ellos siguen siendo el huevo. Aunque sobre los corruptos y estafadores, tras arruinar al prójimo, desfalcar a la Hacienda Pública y corromper una determinada Administración, caiga un inflexible brazo de la Ley, este brazo o no debe de pesar mucho, o tiene mala memoria. La ley les ha emplumado, pero casi nunca les ha desplumado.
Nos recuerda el Eclesiastés que «nihil novum sub sole», no hay nada nuevo bajo el sol. Salvo algunos timos, estafas o engaños relacionados con los adelantos técnicos, entre los que descuella por su proyección embaucadora la telefonía móvil, muchas de las estafas son plagio de otros fraudes anteriores. La pirámide financiera, por la que los réditos no se pagan por una hábil gestión de los depósitos, sino con los nuevos capitales recibidos, fue un invento de doña Baldomera de Larra, hija del famoso articulista Mariano José de Larra.
La historia de Baldomera, esbozada con gotas esperpénticas por Valle Inclán y contada con gracia y realismo por Augusto Martínez Olmedilla, es llamativa. En 1876, Baldomera funda, con el nombre de Caja de Imposiciones, un establecimiento financiero. La oficina, situada en el local del Teatro España, en la madrileña plaza de la Paja, tenía un aspecto, según Olmedilla, de «tente mientras cobro». Frente al lujo y magnificencia, una absoluta sobriedad. Los días festivos, el local se destinaba a representaciones teatrales por parte de aficionados. Los laborables, a los empréstitos de Baldomera. Finanzas y teatro unidos bajo el patrocinio de la intrépida financiera.. Por cada duro invertido, el inversor percibía un real mensual, lo que al año generaba un interés anual del 60%. Un día se le preguntó a Baldomera con qué respondía del dinero que se le entregaba: «Yo no ofrezco más garantía que el viaducto de la calle de Segovia», contestó.
A cada imponente se le pagaba la primera entrega con parte de su propio dinero. Más adelante, con lo que entregaban los nuevos clientes se pagaba a los antiguos. Cuando el ritmo de los nuevos clientes empezó a aminorarse, llegó la quiebra del tinglado fraudulento.
Baldomera devolvió lo que pudo, pasó por la prisión, de la que salió pobre y enferma, y vivió sus últimos años acogida por su hermano Luis Mariano, con la condición de que ya no se llamase Baldomera. Para sus sobrinos, fue la tía Antonia. Lo perdió todo, hasta el nombre.