EN los peores tiempos de su tribulación, Salman Rhusdie todavía tenía que oir, o más bien leer, que su novela 'Los versos satánicos', la que le valió el premio Jomeini de las letras islámicas, no era una buena novela. Encima de víctima, culpable.
Los defraudados por el fiasco de los sellos creían ser no más que convencionales inversores, modestos ahorradores incluso, y se están enterando de que lo suyo era, más bien, especulación aventurera. Te arrasan la bolsa y encima te hurgan en la autoestima y hasta en la conciencia si es que tales atributos sobreviven a tanta tristeza.
Y el caso es que cada cierto tiempo se levanta en nuestra parroquia una liebre de gran calado defraudatorio sin que la irrupción de cada brote inmunice a la sociedad ante los siguientes.
Y es que en todos los fenómenos de masas, desde lo religioso hasta lo festivo, desde lo político a lo económico, unas minorías gestionan la emoción, la necesidad o los deseos de unas mayorías. No queremos que nos engañen, queremos que nos ilusionen, que nos encandilen, que nos seduzcan, es decir, que nos engañen, pero bien.
Don Jesús, por ejemplo, no dio un golpe de municipio en Marbella, bastóle subirse al taburete ferial y hablar de orden, limpieza e inversión para que el oyente visualizara riqueza y 'glamour' a cambio del voto marbellí que respondió ilusionado para descubrirse iluso defraudado o cínico consentidor, al cabo del tiempo.
Colocamos, en fin, excedentes de todo orden en esperanza de futuro como quien hace acopio de grasa animal para el invierno. Está en nuestra tradición cultural, que nos invita, desde siempre, a invertir vida en eternidad, en la confianza de que si el negocio del alma falla no habrá a quien reclamar, pero, so-bre todo, no habrá quién reclame.