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Jueves, 18 de mayo de 2006
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Tierra profunda: la mula
LA lentitud pasmosa de la mula de Paraxas decían que era una enseñanza de su dueño. El animal tenía la virtud de moverse sin apenas avanzar, como hacen los mimos. Se les veía aparecer, al jinete y a su montura, por la sierra de la Pila, y los resignados siervos de la gleba calculaban que la llegada no se produciría antes de una hora y media, que era lo que tardaba aquella tortuga con cascos en recorrer los tres kilómetros, medidos a ojo, entre la Pila y Villaverde.

Paraxas no usaba espuela. En el lejano Oeste los caballeros de medio pelo no usamos más que una espuela, según deja dicho Casona en 'La Dama del Alba', pese a que algunos se empeñan en disfrazar a Martín como si fuera Gary Cooper. Paraxas ni llevaba espuela para picar a la mula ni siquiera la tocaba con el zapato; lo más que hacía era insultarla, para que caminara más aprisa, con resultado nulo. Para calmar a los más impacientes Fonsín se subía a un cerezo plantado en el borde del talud, e iba dando la posición del jinete y la acémila: «Ya vienen por el Forcón Ahora, están cruzando el Regueiro ». «¿Y ahora dónde están?», preguntaban desde abajo. «Cruzando el Regueiro», respondía Fonsín. «Ahí ya dijiste que estaban antes». «Será que se pararon, para que la mula descanse». Algunas imprecaciones, y hasta blasfemias, sembraban de paradojas la mañana, a punto de convertirse en tarde. La sementera esperaba, a pesar de ser fiesta de guardar, y el tiempo, que ellos creían que era oro, lo echaba a perder la mula de Paraxas con su parsimonia de monstruo ungulado.

Cuando la mula y el jinete, al fin, se acercaban, reinaba un respetuoso silencio derivado del miedo y el recuerdo de los tiempos en que se pagaban diezmos y primicias al convento derruido del lugar. También había algunos que decían haber visto asomar por debajo del sayón, remangado para abrirse de piernas sobre la montura, un pistolón que se balanceaba en la cadera como el badajo de la campana. Después de oficiar en aquel remedo de la lengua de Catulo y Séneca, y algunas admoniciones y proclamas, Paraxas empleaba unos minutos en adoctrinar a los párvulos, repartiendo de paso algún caramelo. Se fijó en que había un niño descalzo que no correspondía al rebaño habitual. «¿Tú de dónde eres?». «De ningún lado. Vengo pidiendo». «Pues era mejor que vinieras dando. ¿Tienes padres?». «No lo sé. Mi abuela, que pide en otra parroquia, dice que no los tengo, que se fueron cuando todavía estaba yo sin destetar». «La puñetera guerra», apostrofó Paraxas.

Recuerdo la mirada compasiva de aquel que en el fondo no debía de ser mal hombre, pese a cuantas infamias se contaban. Metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda, la puso en la mano del extraño, que se había arrimado a nosotros para ser niño por un día. «Cómprate unas alpargatas en la Pola».



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