LA concesión ayer, en Oviedo, del Premio Príncipe de Asturias de las Artes al director español Pedro Almodóvar constituye tanto un nuevo y merecido reconocimiento a una notable trayectoria en el ámbito cinematográfico, como un paso adelante más en la dimensión universal de unos galardones que últimamente buscan entre sus candidatos a personajes de indudable actualidad y crédito. En ese sentido, la personalidad, la obra y el prestigio del director manchego -homenajeado ahora en París con una exposición dedicada a toda su obra- resultan incuestionables en la actualidad de una cinematografía, a la que ha aportado frescura narrativa, sociología urbana y hasta una estética plenamente vinculada con la contemporaneidad occidental.
La personalidad y las inspiraciones casticistas de Almodóvar son inseparables de su origen español y de sus viejas obsesiones, como el amor y la muerte, el sexo y las pasiones humanas. Sin embargo, al haber logrado en sus películas un lenguaje cinematográfico universal y estrechamente relacionado con las preocupaciones más actuales de las sociedades urbanas, su éxito se ha extendido entre muchos y diferentes públicos por todos los continentes. De ello dan fe los numerosos reconocimientos recibidos en Europa y América, como es el caso de los premios Goya, los Cesar y los Oscar o los galardones obtenidos en diferentes y reputados festivales cinematográficos.
Esta trayectoria habrá pesado de forma decisiva los criterios y en las valoraciones de un Premio Príncipe de Asturias de las Artes, cuya nómina de premiados en los últimos años -entre los más recientes Woddy Allen- certifica una filosofía muy orientada a la búsqueda de personalidades con una manifiesta proyección internacional, algo que puede colaborar en la extensión de la dimensión universal de este galardón.