DURANTE estos días habrá asistido el lector al bochornoso espectáculo de las filípicas cruzadas, a página de publicidad completa, entre el concejal ovetense Caunedo, en nombre del Partido Popular, y la Federación Socialista Asturiana, en torno al reprobable asunto de las comisiones y el dinero criminal del hormigón.
Si dejamos al margen la denominación de la tarea de gran inquisidor que se asigna, o le asignan, al señor Caunedo cuando se dedica a defender lo indefendible y se ocupa en poner el ventilador a funcionar para, al parecer, salpicar a ediles y responsables del PSOE en las cuencas y en la FSA al viejo grito de ¿y tú más!, lo realmente lamentable del espectáculo es que esas páginas completas de publicidad, que denotan sensibilidad política y formas correctas de relación que, como todo el mundo sabe, toda la sociedad asturiana espera y desea (?) se financian con dinero de los partidos que, como todos los lectores también saben, se financian principalmente, en una parte muy esencial, con dinero de los ciudadanos aportado a través de los impuestos.
Luego, el lector no sólo contempla el espectáculo, sino que asimismo contribuye en cantidad no despreciable a la tarea.
En este país nuestro de todos los demonios, donde los senadores se relacionan en asuntos económicos con los tratantes de ganado reconvertidos a especuladores inmobiliarios; en este país nuestro de todos los demonios, donde las rampantes políticas del hormigón y del ladrillo son, por definición, de gran opacidad desde hace muchísimos años (en realidad, para decirlo con exactitud, desde siempre); en este país nuestro de todos los demonios, donde se construyen más viviendas (800.000 en el transcurso del año 2005) que en toda la Europa comunitaria junta en el mismo periodo de tiempo; en esta Asturias nuestra de todas las desgracias, que prevé la construcción de más de 60.000 viviendas para el periodo inmediato de los próximos años, la mayoría de ellas emplazadas en la rasa costera, merece la pena hacerse alguna reflexión.
Escribo este artículo a vuelapluma, mientras atravieso en viaje la cornisa cantábrica y asisto atónito a la vez al singular espectáculo especulativo que ofrece la rasa costera de Cantabria y Vizcaya, territorios en que ya no queda un solo metro cuadrado sin urbanización, y observo simultáneamente, con preocupación que no niego, cómo esa fiebre progresa ya de manera evidente en la zona oriental de Asturias («Esta vez el cristiano no ha de caza o rapiña y viene a por la tierra», escribió algún día el poeta Antonio Hernández en 'Lente de agua').
Sabiendo como sabemos todos que ya no hay piso por debajo de un precio de 180.000 euros y que una parte sustancial del importe de la vivienda suele pedirse en dinero 'b' con el conocimiento y la connivencia de todos los agentes implicados, desde el agente inmobiliario hasta el inspector de la cosa pública y, por supuesto, de la clase política que hace bien poquito para evitarlo; que es notorio que en Llanes los adosados se venden por docenas a empresarios de Madrid o del País Vasco a no menos de 480.000 euros la unidad y por puro interés especulativo, y que una parte de ese dinero es también dinero 'b' y que, mientras unos ejercen de comisionistas, un puñado de jóvenes, sin más herramienta que su teléfono móvil, se citan y concentran en prácticamente toda España para decir basta a quienes hipotecan su futuro.
A lo mejor, por fortuna, ocurre finalmente algún día como sucede en el hermoso poema que escribió Mario Benedetti, «Hombre que mira a otro hombre que mira», y de repente, en un instante, nos decidimos todos, sin excepción, a intervenir y determinamos excluir la escoria de la vida democrática.