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Viernes, 19 de mayo de 2006
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Antonio Merayo
ANTONIO Merayo escribe frente a unos ventanales que dan a los laureles, a las palmeras, a los tilos del parque de Isabel la Católica. Mientras lo hace, escucha el sonido del nordeste y el que hacen las olas que van y vienen con las mareas: «...olas, olas, olas /suben las mareas / hasta las farolas / (como diría un poeta candasín que yo conozco).

Es Merayo, todavía, un hombre joven, atlético, con gafas ligeras, que anda siempre erguido y con paso marcial (como si su madre lo mirara), trabajando, desde hace muchos años, con generosidad, fe y vocación por la cultura de esta ciudad y sus barrios. Digo que pocas veces he visto yo un escritor tan estético y tan derrochador de amistad como Antonio Merayo; un poeta cuyas palabras no son un puro tópico o caricatura de la expresión, un hombre tan altruista y servicial. Tiene Antonio, como diría el maestro Ruano, temperatura humana, y su memoria, como todo buen escritor, está poblada de los años de la infancia, aquellos años 50 felices y fatales; todo un mundo de recuerdos que se ponen en pie en sus hermosísimos poemarios, el último titulado 'Días azules'. Poeta de su propia vida, Antonio Merayo sabe que cuando el corazón va pesando con el plomo de la vida es muy hermoso y muy suave, muy grande y muy íntimo hacerlo descansar en ese regazo seguro de la niñez, donde padre y madre, aunque ya no estén, nos acompañan.

Asturias, Gijón, la mar han ido ganando (o comiendo) el corazón de este berciano que necesita ir cada poco al paisaje inicial y azul de la infancia y adolescencia, para tocar el piano de su poesía. Gijón y Asturias disfrutan el lujo de tener a Antonio Merayo, poeta marinero del alba, escritor honrado, tímido y generoso; poeta cercano a cuantos lo necesiten; un gijonés de adopción, que no está aquí de veraneo y que sabe poner letra a sus sueños y a los nuestros.



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