HACE aproximadamente treinta años, es decir, en la prehistoria, por tierras de España comenzaban a desplegarse las banderas de distintas comunidades, históricas o no, que junto a pancartas y gritos reivindicativos iban transformando las manifestaciones, que hasta entonces se habían venido llamando saltos, en algo diferente y, desde luego, mucho más colorista.
Al lado de la 'senyera' y la 'ikurriña' fueron apareciendo enseñas de tonos morados, verdes y blancos, granates o gualdas, y también apareció un estandarte azul con la amarilla Cruz de la Victoria pues así era, y así es, la bandera de Asturias que, por aquel entonces, desde los ámbitos más diversos fue menospreciada y criticada.
Resultaría demasiado prolijo ahora detallar los comentarios despectivos que tanto algunos de los políticos y de los considerados intelectuales de aquellos tiempos, muchos de los cuales siguen en activo, dedicaron a la bandera asturiana. De todas formas si alguien tiene interés puede buscar en las hemerotecas, pero a día de hoy, posiblemente, impulsado por los jóvenes y no tan jóvenes asturianos que se vieron obligados a abandonar esta región en busca de trabajo, se fue creando un movimiento en el que primero poco a poco y después de manera absolutamente mayoritaria, llevó a la bandera de Asturias a ocupar un lugar preponderante en cualquier lugar del mundo y en acontecimientos de masas sean estos festivos, deportivos o culturales.
Decenas, centenares quizás, de enormes banderas asturianas lucían sin complejos, más bien todo lo contrario, el pasado domingo, transformando en territorio propio la patria del 'Estatut' y la 'senyera'.
Pero no es solamente en una carrera de Fórmula 1 en la que además existen muchas posibilidades de que un asturiano haga un buen papel, sino que en un partido de fútbol celebrado en cualquier estadio, aunque no participen nuestros equipos, en un concierto, en las orillas de las carreteras europeas al paso de los ciclistas, etcétera, siempre puede contemplarse el color azul, y el amarillo de la cruz de una bandera que, pese a las reticencias primeras, ha cobrado el protagonismo que le quisieron dar los asturianos.
Sólo falta ahora, que al igual que con la bandera, también los asturianos seamos capaces de ir más allá que las instituciones políticas y culturales que insisten una y otra vez en que, en tiempos de globalización como los actuales, la lucha por nuestra identidad como pueblo es un impedimento para el desarrollo, y recuperemos nuestra historia, en la que la lengua no es un elemento menor, y nuestro espíritu, y podamos erguirnos con la misma vitalidad con que hoy se levanta nuestra bandera.