En la intimidad de la montaña, los osos pardos siempre se comportan como si nadie les estuviese observando. Los dos oseznos ruedan abrazados por la ladera hasta que les detiene un matorral mientras la madre pasta con aparente indiferencia y remueve piedras en busca de insectos. A veces araña la tierra porque quiere encontrar raíces. En ese momento gruñe y los pequeños acuden en una carrera desordenada y la flanquean porque tienen algo que aprender. Atienden inmóviles, con la mirada puesta en el suelo y en las garras de su madre, que a los pocos segundos abandona el lugar. Los pequeños olfatean la tierra removida, uno salta sobre el otro y continúan jugando.