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Asturias
Una jornada de vigilancia con la Patrulla Oso del Principado en Somiedo
EL COMERCIO es testigo de los juegos de dos oseznos y su madre en Somiedo durante una jornada de vigilancia con la Patrulla Oso del Principado
Una jornada de vigilancia con la Patrulla Oso del Principado en Somiedo
BAJADA. La osa se dirige a unos arbustos mientras su prole se oculta entre ramas secas. / JUAN CARLOS ROMÁN
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En la intimidad de la montaña, los osos pardos siempre se comportan como si nadie les estuviese observando. Los dos oseznos ruedan abrazados por la ladera hasta que les detiene un matorral mientras la madre pasta con aparente indiferencia y remueve piedras en busca de insectos. A veces araña la tierra porque quiere encontrar raíces. En ese momento gruñe y los pequeños acuden en una carrera desordenada y la flanquean porque tienen algo que aprender. Atienden inmóviles, con la mirada puesta en el suelo y en las garras de su madre, que a los pocos segundos abandona el lugar. Los pequeños olfatean la tierra removida, uno salta sobre el otro y continúan jugando.

EL COMERCIO acudió esta semana al Parque Natural de Somiedo para conocer la vida secreta de los osos, siempre ajenos a las disputas que originan las políticas de conservación y sin imaginarse que en los últimos años se han convertido en el mayor símbolo de la riqueza natural asturiana.

Tampoco saben del interés que suscitan entre cientos de turistas, que invaden zonas restringidas con la imposible pretensión de verlos. «Te pueden oler a cientos de metros y tienen un oído finísimo. En cuanto detectan presencia humana, huyen», dice Miguel Fernández Otero, guarda mayor de la Patrulla Oso del Principado. Aunque con algún matiz: «Lo que les asusta es lo que no es habitual: por ejemplo, saben que cada tres días igual pasa un tractor por cierta zona y están acostumbrados, o que vive un paisano solo en un caserío aislado y ya están hechos a su presencia. A veces, en alguna espera, hemos visto a un hombre con las vacas y un oso entre matorrales a cuarenta metros sin inmutarse».

Hoy toca espera. «A ver si tenemos suerte: vamos a tratar de localizar a una osa con dos crías en el valle del puerto de Somiedo».

Acceso restringido

Los lugares donde habitan estos grupos familiares se mantienen en férreo secreto para evitar despertar una expectación que los pondría en serio peligro. Por eso, para llegar al punto de observación se toman precauciones: el coche del guarda se oculta en alguna pista, alejado de cualquier carretera. Ahí comienza la caminata por una vía de acceso restringido, hasta un teito en ruinas, donde se aborda la ascensión por una senda angosta que discurre entre rocas y trinos de pájaros. Luego atraviesa un hayedo y termina en unos riscos de caliza salpicados de tojos con flores amarillas. Desde allí se domina todo el valle. «Aquí haremos la espera».

La vigilancia comienza a las seis de la tarde detrás de potentes prismáticos y un catalejo que apunta hacia la otra ladera del valle, a más de un kilómetro de distancia. «Las esperas siempre las hacemos de ladera a ladera. El atardecer y el amanecer son las horas en las que los animales salen de la osera, que debe estar por allí, en aquel hayedo», señala Miguel Fernández. «Ahora aún hace calor y seguramente están sesteando».

Quienes sestean son la osa Soraya, así bautizada por el guarda Antonio, y sus dos oseznos. «Esta época es la mejor para avistarlos», porque las crías tienen cinco meses y la madre sólo las aleja de su guarida unos pocos cientos de metros. «Las osas paren en enero, en plena hibernación, dentro de la osera. Empiezan a sacar a los ositos en abril, y entonces los llevan en la boca, pero sólo se alejan unos metros de la osera». A medida que pasa el tiempo la longitud de los recorridos aumenta, pero siempre por un área reducida.

A las siete de la tarde el viento se levanta y el sol comienza a caer con menos fuerza sobre el valle de Somiedo. «La zona donde podremos ver a la osa es aquella, donde están esos tres venados, al lado del hayedo y debajo de la pedriza». La temperatura y la luz comienzan a ser propicias, pero no hay rastro de Soraya.

¿Cómo pueden saber los guardas dónde hay osas con crías? Dice Miguel Fernández que las hembras de la especie son animales territoriales: siempre paren en la misma zona y sus hijas también lo harán en el futuro en el mismo territorio. «Hay tres cosas que nos hacen suponer que en un sitio va a haber una osa con crías: por una parte, porque haya parido hace dos años, en cuyo caso le toca ahora; también porque hayamos visto un celo el año pasado en el lugar; o porque hayamos detectado el pasado año un infanticidio».

Este es uno de los principales peligros que acechan a los oseznos. Ahora, cuando comienzan a conocer lo que será su hábitat, también es época de celo. Pero su madre, con ellos a su cargo, no estará dispuesta para la cópula. Por eso, si un oso macho llega a la zona acabará con las crías, «y lo hace de una manera brutal, con las garras, con la boca...». Sin descendencia, «a los tres días la madre entra en celo y el macho se sale con la suya». Al año siguiente habrá oseznos en la zona.

A las siete y media de la tarde hay que cambiar de lugar el puesto de observación. El fuerte viento zarandea el catalejo e impide mantener el pulso con los prismáticos. No hay noticias de Soraya, y el guarda mayor busca sustitutos. «Allí, en aquellos prados, se pueden ver varios venados. Y aquí, justo detrás de nosotros, ya están saliendo los rebecos». Los animales, encaramados en las rocas, observan a los intrusos sin inmutarse.

Va a haber suerte

Quince minutos después Miguel Fernández, con los prismáticos en la cara, pega un brinco. «¿Me parece que vais a tener suerte! ¿Ya la vi... le veo la cabeza... un osín... ahí está el otro!». Corre hacia el catalejo, fijado en un trípode, y se sienta en una roca. «Ahora hay que tomar referencias, porque a simple vista casi no se ve, y localizarlos con el catalejo... ¿ya está!». El aparato apunta hacia la ladera de enfrente, «por debajo de donde yo pensaba, están campeando por allí abajo». Se levanta para ceder el sitio y roza ligeramente el catalejo. Dice muchas palabrotas seguidas. «¿Ya lo moví y los perdí! Para esto no vale ponerse nervioso. Ahora, a buscar referencias otra vez».

Lo consigue en pocos segundos y al fin EL COMERCIO accede a una de esas escenas que sólo unas decenas de personas han tenido oportunidad de contemplar: la intimidad de una especie en permanente peligro de extinción de la que sólo sobreviven algo más de un centenar de ejemplares.

La osa desciende por la campa escarpada. Detrás, los dos oseznos de cinco meses de edad, uno de pelaje muy claro, le siguen a medio metro entre saltos y movimientos nerviosos. El más oscuro salta sobre un arbusto que cede bajo su peso, lo devuelve a la hierba y rueda un par de metros. Su hermano le sigue y antes de que se pueda levantar se abalanza sobre él. Cuando se alejan unos metros, la madre gruñe y regresan a su lado. Se tumba boca arriba y los pequeños se encaraman sobre ella para mamar.

«Ahora la leche es su único alimento», apunta el guarda, «pero ya les queda poco: en un mes o así empezarán a comer hierba e insectos». En estos momentos la osa es herbívora por obligación: con la prole no puede moverse demasiado para evitar el riesgo de encontrarse con un macho en celo, de modo que le es imposible buscar carroña, en la que se basa buena parte de su alimentación.

Aunque también, a veces, «matan cabras, ovejas, terneros o alguna vaca». Es fácil saber cuando estos ataques son obra de los osos «por las marcas que dejan sus garras en las víctimas y porque sólo comen las partes blandas y las vísceras». Pero luego, como es la carroña lo que pretenden, «dejan a la presa semienterrada, le echan tierra por encima y apilan piedras. Así permanece unos días, 'macerando', y luego regresan para devorarla», dice Miguel Fernández, que conoce bien este tipo de silvestres despensas.

Ramas y juguetes

En la ladera de enfrente los oseznos ya dejaron de mamar y la osa trepa a la copa de un haya en busca de brotes nutritivos. Desde arriba rompe ramas y se las arroja a su prole, que sólo ve en ellas un nuevo juguete del que se aburren pronto.

Durante casi dos horas los plantígrados dan vueltas por un área de unos cien metros cuadrados mientras el sol se oculta tras las montañas. El guarda mayor anota el momento del avistamiento, la zona donde se produjo y demás detalles. A las nueve y media dice que «es hora de recoger, ya vamos a llegar de noche al coche». En la caminata de regreso llama a Carlos, otro guarda que hacía una espera un par de kilómetros al oeste del mismo valle; «no ha visto nada». A los pocos minutos llama Fernando desde Leitariegos, «este sí que tiene suerte, estuvo viendo un celo durante dos horas». Miguel también les contó de su buena suerte durante la jornada, de cómo la osa se subió a un haya y de cómo mamaban los oseznos. Lo hace con entusiasmo y cuando cuelga se explica: «Es que, después de tantos años, a uno aún le emocionan estas cosas».



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