La primera vez que disparó un fusil tenía menos de doce años. Fue la última lección que recibió en el campamento militar donde le entrenaron; una especie de recompensa por el infierno de palizas y castigos de las semanas anteriores. Ya estaba listo para ser soldado y, desde esa perspectiva, se sentía feliz con el 'kalashnikov' de contrabando, un arma que pronto cambiaría por un 'M16' para estrenarse como homicida. Ocurrió en marzo del 97, durante un ataque sorpresa a la ciudad de Kisangani, en su país, La República Democrática del Congo, y fue algo rápido. «Tiré y cayó, creo que le di en el ojo. Me sentí raro, pero la impresión pasó. A fin de cuentas, matar no es tan terrible».