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Lunes, 29 de mayo de 2006
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MOTOR
 Actualizado: 1.53 p.m.
 
EDICIÓN IMPRESA
 
ARROLLADOR. El piloto de Renault mantuvo su privilegiada primera posición en una apretada salida, seguido por el australiano de Williams, Mark Webber, y el finlandés de McLaren, Kimi Raikkonen. / EFE
Motor
Mónaco emitió una señal inconfundible. El Mundial de Fórmula-1 se ha partido en dos. De un lado, Fernando Alonso, apabullante en su regularidad: o gana o queda segundo. Y de otro, los demás, con sus problemas, sus vaivenes, sus motores mejor o peor preparados, sus neumáticos en mayor o menor magnetismo hacia los circuitos que visita el campeonato. Ayer venció el asturiano.
 
A pesar de su alegría, ninguno de los tres pilotos que subieron al podio en Mónaco -Fernando Alonso (Renault), Juan Pablo Montoya (McLaren Mercedes) y David Coulthard (Red Bull)- agitaron las botellas de champán. Fue un homenaje a Edouard Michelin, presidente de la marca de neumáticos que falleció el viernes en un accidente marítimo. Los tres, precisamente, montan esa marca de neumáticos, y los tres dedicaron su actuación a este gran hombre.
DESDE EL BOX DE MCLAREN
«Tengo alguna posibilidad de disponer de un buen coche para el año próximo. Son pocas, pero alguna hay. Existen cosas en contra, como mi edad y que soy español, pero hay que agarrarse a las posibilidades. Hace dos semanas no tenía ninguna, pero ahora sí se presentan algunas y voy a seguir trabajando para que, si no me cogen, no sea por mi culpa.
Líder de principio a fin, pero con autoridad, con suerte y dando al campeonato un nuevo golpe de mano, la victoria en Montecarlo supone para Fernando Alonso un buen puñado de esos puntos que siempre viene bien tener en el zurrón cuando lleguen las vacas flacas. El asturiano fue el testigo privilegiado de una prueba en la que todo lo que ocurrió lo pudo ver a través de sus retrovisores.
El 40 cumpleaños de McLaren en la F-1 empezó torcido y acabó más próximo al sabor agrio que al dulce. Raikkonen tuvo la victoria en la mirilla y el resultado para los de Ron Dennis fue un segundo puesto de Montoya. No se distinguían caras de felicidad por el habitáculo negro y plata de McLaren. La propaganda decía que los ingenieros habían dado con la llave al fin, que McLaren presentaría en Montecarlo el coche que ganaba carreras en 2005. Cambios sustanciales en las suspensiones y la aerodinámica. El margen de mejora fue evidente, pero el marcador no refleja los desvelos de la institución de Woking.
 
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