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Lunes, 29 de mayo de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
Unas horas en ese lugar
Auschwitz es un sitio terrible, donde se llega de visitante y se sale como hombre
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Antes de llegar, ya da un escalofrío ver las vías del tren, que discurren junto a la carretera, porque se sabe dónde van a parar. Auschwitz es su destino, un lugar al que hay que ir, aunque sea una forma extraña de hacer un viaje o programarse un día. Uno no sabe qué pensar, pero se sorprende de que el entorno sea un lugar bucólico, de praderas y bosques; de que el horror haya tenido lugar en un espacio tan gozoso para la vista. También chocan las filas de autobuses descansando en el aparcamiento, o que haya un bar cercano a la entrada.

Tras caminar cien metros, aparece la famosa puerta y lo normal es empezar a sentirse mal. La sensación, que no ha hecho más que empezar, acompaña a lo largo de toda la visita. Pero eso no es lo peor, pues va creciendo hasta formar un abatimiento sordo que dura varios días, con sus noches.

La gente deambula entre los 28 barracones, pequeños museos de diferentes aspectos de la tragedia. Todos, demoledores, y desmantelan de un solo golpe las protecciones de la sensibilidad. Pasillos y pasillos de fotos individuales, de primeros planos de rostros enfrentados a una cámara al llegar al campo. Son expresiones inaprensibles de miedo, de ingenuidad, de vulnerabilidad. En las de los hombres hay orgullo, fiereza y abierta desolación. Sin duda, las mujeres se presentan más desvalidas. Todos abandonados a su suerte, solos en ese recuadro, con un velo de dignidad, y se ve que ya saben todo, porque están mirando al futuro.

El malestar, que no ha dejado de crecer, alcanza uno de sus puntos culminantes al llegar a las fotos de los niños. El turista se convierte definitivamente en persona y comienza a llorar, sin poder evitarlo. Pero después llega un pabellón llamado 'Las pruebas' y la gente se derrumba, se desliza en un silencio profundo y personal. Estancias enormes llenas de zapatos, de maletas, de prótesis, de muletas, de gafas. Eran de alguien, objetos personales se les llama, pero son de un millón y medio de personas. Auschwitz es como uno, casi como dos campos de fútbol. Birkenau, al lado, son 10 o 20 y supera cualquier capacidad de asimilación. Y entonces el visitante recuerda: el régimen nazi asesinó a seis millones de personas en cuatro años.

Luego, la cámara de gas, el horno. Se siente surgir de forma aplastante, con la fuerza nueva de un descubrimiento atroz, alarmado de haber vivido, sin saberlo, el peor de los miedos, el miedo al hombre. Se siente el pesar de tantas ligerezas que se dicen y se oyen sobre los judíos, sobre los nazis. Y la responsabilidad de saber, de informarse, de leer. El pánico y su urgencia se hacen inmediatos al ver a algunas personas que consiguen mantenerse en su difícil papel de 'visitante'. También eso debe de ser un hombre. Comentan en voz alta, hacen fotos, se mueven con prisa de aquí para allá, continúan siendo guiados por la curiosidad.

No se comprende nada. Es un lugar terrible. Todo el mundo debería ir una vez. Normalmente hace mal tiempo, llueve y hay barro, pero dicen que en invierno es mucho peor.



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