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Jueves, 1 de junio de 2006
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CONTRAPORTADA
MANUEL ALCÁNTARA
El estado de las cárceles
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LAS prisiones son como una nación dentro de la nación, unas realidades internacionales, ya que abundan los reclusos extranjeros. Sitios donde según Cervantes, que fue huésped de ellas, «toda incomodidad tiene su asiento y donde todo ruido hace su habitación». En las nuestras no hay ni siquiera lugar para que la incomodidad pueda sentarse. Están a tope. En el discreto, pero agrio debates sobre el estado de la nación, no se ha afrontado lo que más importa, que es saber si el 'alto el fuego permanente' de ETA tiene fecha de caducidad. Tampoco se le ha concedido la menor atención al estado de las cárceles, que según nuestro refranero son «sepultura de vivos, probanza de amigos y venganza de enemigos».

Dice la directora general de Instituciones Penitenciarias, que en los últimos seis años se ha producido un incremento de la población reclusa por encima del 37%. Por lo que sea. Por el aumento de la delincuencia o por las reformas legales últimas, que han variado muchas cosas menos la conducta de los delincuentes. ¿Por qué no se abordan estos temas cuando se debate la situación del país?

Quienes están entre rejas no dejan de ser personas y no se les puede tener apiñados en celdas que en principio fueron previstas para un tercio de sus inquilinos. La verdad, a veces desmentida o disimulada, es que están como sardinas en lata, con la desventaja para ellos de que a las sardinas no les huelen los pies, y en esas circunstancias es difícil que se consiga cualquier noble proyecto de regeneración.

Lo que hay que reconocer que está funcionando bien es el cronómetro del presidente del Congreso. Como un reloj. No expulsó al líder de la oposición, pero le pidió un imposible: que terminara.

Los políticos necesitan muchas palabras para decir muy poco. La síntesis no es lo suyo.



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