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Viernes, 2 de junio de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
A gusto en Asturias
Su último concierto en la región duró más de tres horas. En el San Agustín avilesino de 2002 dijo adiós a un público que también la aplaudió en Gijón y Oviedo
A gusto en Asturias
CON SIDRA. Rocío Jurado escancia en La Zamorana ayudada por uno de sus propietarios, Manolo Méndez, en agosto de 1998. / E. C.
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Avilés, 28 de agosto de 2002. Rocío Jurado sale a escena del estadio de fútbol Suárez Puerta ante unas 25.000 personas que celebraban el día de San Agustín. Ellos disfrutaron de lo lindo; ella, también. No se fue del escenario hasta la una menos veinte de la madrugada, cuando los fuegos artificiales ya habían iluminado el cielo de Avilés. Aquel -recuerda la concejala de Festejos de Avilés, Rosa Serrano- fue un concierto memorable. Ella estaba cómoda y no se quería ir. «Déjala Rosa, está a gusto y cuando está a gusto no hay quien la baje del escenario», le dijo Amador Mohedano a la edil para tratar de explicar por qué el concierto se prolongaba en el tiempo. Y eso que aquel día había fuegos artificiales, y los planes iniciales eran que a las doce se hubiera acabado la música para dejar que el público vibrase con el ruido y la luz de la pirotecnia en honor a San Agustín. Pero no sirvieron las avisos de 'son las doce'; la chipionera siguió en escena y advirtió a su público de que había otro espectáculo que también podían ver: «Van a empezar los fuegos, así que quienes se quieran ir a verlos, que se vayan, pero yo me voy a quedar aquí con los que quieran escucharme», dicen que dijo la artista a sus fieles.

Rosa Serrano rememoraba aquel recital con elogios hacia la persona y la artista, a la mujer que confesó a la edil la preocupación por su hija y la intromisión de la prensa rosa en su vida y en la de los suyos. Entonces, era ya madre de dos niños adoptados en Colombia junto a José Ortega Cano y precisamente en aquel recital sacó a escena -según relata la edil- a uno de ellos, José Fernando.

No fue aquella su única noche memorable en Asturias. En Avilés actuó otro San Agustín, un 22 de agosto de 1991, también en el Suárez Puerta, pero en el antiguo estadio, y entonces en un concierto de pago. Llovía y el público era escaso, pero ella, cuentan quienes allí estuvieron, se entregó «igual que si estuviera en Chipiona. Era una profesional». También en Oviedo y Gijón dejó su arte. Aunque en la capital hubo dos intentos frustrados de escuchar su música en 2002 y 2003, también se la disfrutó en varios San Mateos. En la plaza de toros de Buenavista lanzó su impresionante chorro de voz en los años 1988 y 1993, según recuerdan en la Sociedad Ovetense de Festejos, donde también se rememora un concierto en la plaza de la Catedral seguido por numeroso público.

Con Ruiz Mateos

Igualmente, su música se escuchó en la plaza de toros de Gijón. En 1987 ofreció uno de sus conciertos, un 31 de julio que en el que en El Bibio se encontró con un viejo amigo que había ido a oírla cantar. «Fue un concierto muy entrañable, muy guapo, y recuerdo que Ruiz Mateos estuvo entre los asistentes, y al final del concierto se estuvieron saludando», explica Miguel Rodríguez Acevedo, encargado entonces de organizar los festejos gijoneses.

Más tarde, tuvo oportunidad de coincidir de nuevo con una mujer «amable, efusiva y cariñosa» en el concierto que la cantante ofreció en el Palacio de los Deportes de Gijón junto a la Orquesta Sinfónica de Murcia y con un repertorio clásico. Giraba la artista entonando temas lorquianos y canciones del 'Amor brujo' de Falla en un concierto brillante y emotivo, pero que no todo el público entendió. Hubo una parte del respetable que prefería a la tonadillera de siempre que a la cantante sinfónica de aquella noche y lo hizo saber para disgusto del resto del público, feliz de escuchar su chorro de voz con acompañamiento orquestal.

Dice Miguel Rodríguez que era una mujer «llana y comunicativa», que siempre atendía a sus fans con una sonrisa y que, en sus visitas a Asturias, acostumbraba a dar rienda suelta a su gusto por la buena mesa. «Le encantaba el marisco», recuerdan en La Zamorana, donde además de frutos del mar quiso probar los de la manzana. También a Rocío le gustaba la sidra. Incluso se atrevió a escanciarla.



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