La imagen ya no suele sorprender. Puño izquierdo en alto en un gesto enérgico que acompaña con un salto. Luego, Rafael Nadal alza los dos brazos, grita al cielo y sonríe satisfecho. En dos, tres horas el rival ha sucumbido. Campeón invicto, el manacorí ha exprimido sus puntos fuertes y difuminado al rival con incómodas bolas envenenadas. Ese es el carácter del niño, el profesor, el crack, el indomable, el huracán, el fenómeno, el extraterrestre, el fuera de serie, el 'supernadal'. Una autoridad sobre la pista. El hombre que domina la tierra. El más feliz del universo con sólo una raqueta, una pista y un rival. Parece el título de una novela.