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Domingo, 4 de junio de 2006
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GIJÓN
GIJÓN
Dieciséis años de vigía
El 'Elogio del horizonte' coronó la reforma del cerro de Santa Catalina, que fue zona militar hasta 1982
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Pudo ir a Los Monegros, pero eligió Gijón. El propio Eduardo Chillida recordaba que fue su 'Elogio del horizonte' quien le pidió descansar sobre el cerro de Santa Catalina, una atalaya que el escultor llegó a describir como un «auténtico finisterre». Con la obra ya hecha maqueta, Chillida recorrió toda la costa europea buscando un emplazamiento ideal para su escultura. Hizo profuso hincapié en la Bretaña francesa e incluso estudió el desierto de Los Monegros, «un lugar fabuloso que parece la mar, pero quieta». Sin embargo, en casi todos los sitios se encontraba con que los mejores acantilados que otean el mar estaban ocupados de manera estratégica por la armada.

Al final la elegida fue la antigua fortaleza de Cimadevilla, después de que Chillida recibiera una fotografía aérea del plan de remodelación que estaba haciendo en el cerro el arquitecto Francisco Pol. Según explicó entonces el artista vasco, «en todos los cálculos de escala el tamaño de mi escultura coincidía con los radios de las fortificaciones».

El 'Elogio' se convertiría así en la pieza que coronó las obras de recuperación del cerro, que pretendían devolver a los gijoneses una parte arrancada a la ciudad desde la Guerra Civil. En concreto la atalaya permaneció en manos del Ejército hasta el 26 de febrero de 1982, fecha en la que el Ayuntamiento la recompró al Ministerio de Defensa por 175 millones de pesetas. Una vez adquiridos los terrenos, se inició un proyecto para convertir el lugar en zona de público disfrute, conservando «su variada morfología» y restaurando «las distintas construcciones defensivas existentes, desde la muralla romana hasta las baterías del fuerte del siglo XVIII y las fortificaciones de la cima».

Decidido ya a levantar en Gijón lo que pretendía convertir en un espacio mediador entre la persona y la inmensidad del horizonte, Eduardo Chillida tuvo que trasladar entonces al campo sus ideas, más que perfiladas, en maquetas de hierro y madera. En colaboración con el escultor Jesús Aledo, se construyó en porexpan una maqueta de la obra a tamaño real, que serviría como molde para realizar el encofrado. El montaje de la estructura de madera en la que se habría de fraguar el hormigón fue bastante complejo, pues cada tabla tuvo que ir adaptándose a las formas curvas del monumento.

Ya en Gijón, se procedió al hormigonado y, tras una semana de reposo, las tablas empezaron a retirarse mostrándole el Cantábrico a su nuevo vigía. Esta tarea de desencofrado, que supuso desmontar la estructura pieza a pieza, llevó varias semanas y se concluyó a finales de 1989. La obra fue inaugurada finalmente de manera oficial el 9 de junio de 1990, hará el próximo viernes 16 años. Un tiempo que ha hecho mella en el 'Elogio' y que ha abierto un debate sobre la necesidad de actuar en el deterioro de la pieza.



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