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Domingo, 4 de junio de 2006
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OPINIÓN
LA BUENA NOTICIA
Pentecostés
CONVIENE que no olvidemos ni la palabra ni la fiesta. La palabra alude a los cincuenta días que han transcurrido desde el Domingo de Resurrección. La fiesta celebra y actualiza la efusión del espíritu. Desde el punto de vista cristiano, es efemérides de importancia porque es el día que nace la Iglesia: Recibid mi Espíritu, y, sin miedo, id hasta los confines de la tierra. Así de sencillo comenzó esta aventura. No se arredraron aquellos primeros discípulos. Ni los que vinieron detrás, como Francisco Javier de cuya vida y gesta hacemos memoria en este V centenario. Ahora nos toca a nosotros, pero el viento fuerte del Espíritu necesita velas desplegadas para surcar el mar de la historia. El miedo y el lamento las tienen izadas. Aunque sea fiesta religiosa no estaría mal que tuviera algunos efectos laicos y civiles. Una de las terapias del Espíritu es la paz. Se va poniendo el ambiente más crispado y agresivo. Es difícil entender que se busca la paz encendiendo conflictos y guerras absurdas. Es mala estrategia.

Se celebra la jornada del Apostolado Seglar. El mayor protagonismo de los laicos en la Iglesia fue uno de los árboles que malogró el pedrisco posconciliar. Sigue teniendo un descompensado peso institucional. Este fin de semana, el Papa reúne en la plaza de San Pedro a miembros de más de cien Movimientos y Comunidades Eclesiales, la mayoría nacidas después del Concilio. En España, a excepción de los neocatecumenales, han tenido poco arraigo y crecimiento. Los esfuerzos por reflotar una nueva Acción Católica no están teniendo mucho éxito. Ahora que andamos en discernimientos sinodales (si el sínodo es de verdad es uno de los momentos fuertes del Espíritu) esta cuestión de la misión de los laicos puede ser un tema fundamental.



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