LOS escritores que más me interesan, y Paul Auster es uno de ellos, están irremediablemente unidos a un sitio: una ciudad, una aldea, un barrio, una geografía más o menos domesticada por un dios del lugar. Me gustan los escritores con acento bien marcado: Constantino Cavafis, desde las calles de su Alejandría natal, es capaz de redescubrir en una taberna poco recomendable el esplendor de la antigua Grecia; Claudio Magris, tan intenso en su frialdad, cuando describe en su 'Microcosmos' Trieste, proyecta sombras del Imperio Austro-Húngaro, tan olvidado, sobre el muro poroso de la memoria del lector. Patrick Kavannag, con cierta sorna, lo dijo muy acertadamente: «Lo que no sucede en mi parroquia, no sucede en ningún sitio». A fin de cuentas, viene a decirnos, lo que sucede aquí sucede en todos los sitios y, por muchas vueltas que dé cualquiera, siempre se encontrará con un mismo destino.
Paul Auster, aunque nació en New Jersey, es de Brooklyn. Ha dedicado su vida a demostrar cómo el azar, y sólo el azar, rige todas las cosas: una calle renegrida y estrecha desemboca, a veces, en un episodio imprevisto; un pequeño cambio, aparentemente imperceptible, transforma la vida de una persona que está condenada, como todas, a salvarse y a perderse. Desde que leí su 'Trilogía de Nueva York', unas narraciones que justifican de por sí solas toda una literatura, no he dejado de asombrarme del efecto prodigioso de un mismo truco utilizado con sabia maestría. Como en los cuentos populares, y en los chistes de tasca, todo es esperable: pero lo esperable siempre resulta francamente novedoso y sorprendente.
Paul Auster, el flamante premio Príncipe de Asturias de las Letras, es neoyorquino como Woody Allen y Arthur Miller, también premios Príncipe de Asturias de las Letras por algo que yo no me atrevería a llamar azar, aunque viniera a cuento; neoyorquino, sí, pero de una manera muy distinta a la de sus predecesores en tan codiciado galardón: Auster es de Brooklyn, tiene un acento distinto al de la corte, aunque lo entienden, y se pasa la vida, machadianamente, contando algo más que «los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».
Brooklyn, es cierto, disfruta desde su Promenade de las mejores vistas de Manhattan, pero si usted anda perdido por Washingnton Square y tiene que acudir imperiosamente a una cita en Flowers Street, 127, no confíe en que el taxi, probablemente conducido por un paquistaní, lo lleve hasta ese corazón del profundo Brooklyn.
En Brooklyn, donde Paul Auster escribió 'La música del azar', las cosas suceden -como el pasado¯de otra manera. El taxista, desplegando un mapa interminable, encontrará finalmente dónde cae, más o menos, Flowers Street; una vez localizada la calle, le preguntará si usted ha ido alguna vez al 127 de Flowers Street. Usted, que como la inmensa mayoría de la humanidad nunca ha pasado por allí, pero tiene una amiga que le ha invitado a cenar, le dice que no, que es nuevo en la ciudad. El paquistaní, muy correcto, le dirá que no le puede llevar a ese sitio, pues no sabe dónde está. Usted, acostumbrado a la eficiencia de los taxistas, abrirá y cerrará los ojos en señal de incredulidad, a lo que el paquistaní responderá:
En Brooklyn nunca se sabe. Tras el 56 viene el 123 y tras el portal 123 el 1987. Podemos pasarnos horas buscando el 127 y, al final, no lo vamos a encontrar,
En este paisaje, donde se sucede un estanco regentado por un negro que tiene una incomprensible nostalgia de Arkansas seguido de una lavandería a cargo de un árabe recién llegado del Líbano, escribe Paul Auster sus historias. A mí me llevó el poeta Hilario Barrero hasta el portal de su casa y a punto estuve de confesarle, picándole al timbre, mi admiración: lo hago ahora, desde este artículo apresurado, sabiendo como él «que alguien que pasea por la calle, cualquiera, es un personaje digno de la mejor novela.
Toda vida encierra tantas dosis de misterio como de banalidad. Todos somos Anna Karenina lanzándose a las vías del tren y ese que te mira sin mirarte, perdiéndose en la ciudad, se lleva de ti algo que sólo él ha visto. Muchas veces nos olvidamos que tres calles más allá o más acá está sucediendo, con una intensidad no sospechada, la tragedia del Príncipe Hamlet».