VAYA por Dios. Han llegado las encuestas (como si no supiéramos que llegarían, cuando se hacen todos los años) y ahora nos asustamos todos porque resulta que somos el primer país de Europa en consumo de cocaína. Ahora llega el momento de encontrar explicaciones, y claro, también hay que echar balones fuera, porque a ningún responsable le gusta reconocer, que después de años gestionando un determinado tema, en este caso la prevención del consumo de drogas, los resultados son los que son.
Nos dirán que la prevención es muy difícil y cara (y tendrán razón). Nos dirán que hay múltiples factores implicados (y tendrán razón). Nos dirán que los esfuerzos son constantes y bienintencionados (y también tendrán razón). Nos dirán que los programas de prevención están basados en evidencias, y... no tendrán razón.
Hace tiempo que los técnicos en prevención de drogodependencias han definido cómo debe ser un programa de prevención para ser eficaz, efectivo y eficiente (que, aunque lo parezcan, no son cosas iguales). Estos programas deben estar basados en la teoría del cambio del comportamiento (pues estamos hablando de conductas), tienen que poseer una metodología sólida y tienen que demostrar que sus efectos están claramente ligados al programa y no a factores o eventos externos. Pero estas condiciones no se cumplen en la mayoría de los programas que se desarrollan en nuestro entorno, y esto ha hecho que se produzcan dos consecuencias, que son las más determinantes en este aumento del consumo. Por una parte, la disminución del riesgo que perciben los consumidores y, por otra, la asunción del concepto (totalmente falso y «anticientífico») del «consumo responsable».
La base para que estos hechos no se den es que la población disponga de información (adecuada, real y suministrada por un canal indicado) para evaluar correctamente las consecuencias del consumo y decidir en consecuencia, y eso es lo que intentaremos exponer.
La cocaína no es una nueva conocida. Las culturas amerindias usaban coca al menos desde el 5000 a.C. Sin embargo, hasta 1980 no se establece el diagnostico de dependencia de cocaína, a pesar de que desde 1914 ya se había ilegalizado su uso por los trastornos que producía. Esto fue así porque, como en todas las drogas, una cosa es observar los efectos que producen y otra es conocer los mecanismos íntimos por lo que eso sucede.
La cocaína (y cualquier otra droga) produce sus efectos a través de la interacción química de su molécula con el sistema nervioso central (aunque también puede producir efectos locales en el sitio de su administración: mucosa de la nariz...). El efecto de la cocaína en el SNC es la elevación del nivel de varios neurotransmisores excitadores (por eso se le considera psicoestimulante), principalmente: noradrenalina, serotonina y dopamina. Los dos primeros tienen que ver principalmente con sus efectos psico-físicos. El tercero es el principal responsable de la adicción que provoca, pues su elevación es la que produce la sensación de placer que acompaña su consumo.
La consecuencia de estos efectos son las complicaciones que su uso acarrea. Evidentemente, no todos los consumidores experimentaran todas las consecuencias. Muchos únicamente reconocerán algunas de ellas y otros sólo en grado bajo, pero todos, todos, las sufrirán en mayor o menor grado.
Bien. Ahora llega una de las preguntas clave. ¿Por qué si esto es así siguen consumiéndola? La respuesta es que, aunque la cocaína no es más que una sustancia química y, por lo tanto, no puede hacer algo diferente de aquello que le permite su propia naturaleza, el grado en que lo hace depende de múltiples factores (calidad y cantidad de la sustancia, estado previo del consumidor...). En palabras llanas, aunque podamos suponer por adelantado qué tipo de efecto nos va a producir el consumo de cocaína, nunca estaremos seguros, pues no podemos saber por adelantado el nivel que tiene nuestra neurotransmisón antes del consumo.
Además, aunque el daño que produce la cocaína sobre el SNC es inmediato, sus consecuencias pueden notarse después de algún tiempo y, en consecuencia, los consumidores no son conscientes de que se les haya producido y por ello, en general, tienen una baja percepción del riesgo asociado a su consumo.
El problema del consumo controlado o responsable es más complejo de explicar y tiene que ver con los mecanismos de control de la conducta consciente. Pero, aunque desarrollemos más ampliamente este concepto en otro momento, baste decir que si introducimos en el sistema de toma de decisión una sustancia que altera inicialmente la percepción, ¿cómo vamos a evaluar correctamente las implicaciones de dicha decisión (consumo)?