Aquella tarde de julio hacía calor. No era sofocante, pero el circuito de Silverstone se convertía por momentos en un hervidero. De nervios más que de otra cosa, eso sí. Se decía que iba a ser el día de las flechas plateadas, se comentaba que las balas rojas no volverían a fallar, se apostaba en las casas de apuestas por el bólido azul del asturiano que estaba marcando un hito en la Fórmula-1. Fernando Alonso había sumado el día antes de la carrera una nueva pole a un historial que engrosaba cifras carrera tras carrera. El Gran Premio de Gran Bretaña de 2005 acabó con el asturiano en el podio, en el segundo peldaño, suficiente para seguir catapultándole hacia el que luego, sí, resultó ser su Mundial.