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Jueves, 8 de junio de 2006
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CUENCAS
LA LUCIÉRNAGA
Los hábiles
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No, no es una moda pasajera (¿ojalá!): es el indicador de que los tiempos responden a cierto patrón social y a la educación que les damos a quienes ahora toca salir del cascarón.

Cierto es que ningún tiempo pasado fue mejor, aunque le pese al clásico, y que la esperanza ha de ponerse en el futuro; pero si nuestra responsabilidad de presente no nos permite percatarnos de que todo lo que pase después depende de nosotros mismos, apaga y vámonos. Por eso sentí terror cuando, hace poco, leí en alguna parte que en las televisiones de España, incluidas las públicas, no hay programas infantiles dedicados al libro. Y fue lo que me llevó a recordar aquellos en los que, hace treinta años, María Luisa Seco, a quien mis coetáneos recordarán con cariño, mostraba ¿todos los días! un nuevo tomo, con sus tapas brillantes, para que los chicos, como ella nos llamaba, estuviéramos al tanto de esa gran fábrica de realidades nuevas que era la lectura, y que debería seguir siéndolo para nuestros sucesores en la tierna edad. Pero, qué quieren, si ni siquiera de aquel dulce modo caló en todos esa exquisitez, quizás porque sólo se convierte en placer mediante el esfuerzo intelectual.

No, no es una moda pasajera (¿ojalá!): los acelerones que dejan marcas de goma en el asfalto abundan en Langreo, en las cuencas y en Asturias, sin duda porque son tarea fácil y porque los chavales han aprendido, aunque no sea nuevo, que ser analfabeto no es problema si tienes ciertas destrezas: 'dominar' un volante, por ejemplo, que es lo que, a la postre, da la felicidad (sexo, dinero, anuncios protagonizados por ti, que pudiste haber sido, como el otro, un gran piloto de minikarts). Y luego, claro, pasa lo que pasa.

Eso sí, cuando hay fútbol es peor, porque se llenan las calles de furibundos aprendices de gamberro, no tan jóvenes algunos, muchos de mi misma generación (pues es muy cierto que energúmenos los hay en todas las generaciones), que, para celebrar no sé qué victorias (contra sí mismos), dan acelerones, sí, pero también ponen petardos y vocean hasta la madrugada. Y ese parece ser, en fin, el patrón social que decía: nosotros, desde la cama o desde la lectura, a aguantarnos, porque si protestamos, igual acaban por lincharnos.

Nota.- Por un error de transcripción, LA LUCIÉRNAGA del pasado lunes se atribuyó a Alberto Piquero, cuando su autor era Javier F. Grela.



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