La expedición española ya está en su cuartel general de Kamen, un pueblo de 48.000 habitantes situado a 20 kilómetros de Dortmund. El viaje desde Ginebra no pudo ser más plácido. La victoria ante Croacia había relajado los ánimos de todos los integrantes del equipo nacional. En la sala de embarque, Luis Aragonés departió con los periodistas y recordó con humor algunas de sus viejas batallas como futbolista contra Frank Beckenbauer.
Los jugadores, por su parte, charlaron distendidos, hablaron por el móvil sin parar como es su costumbre y se sacaron fotografías con los aficionados y los miembros del personal del aeropuerto que se lo solicitaron.
Ya dentro del avión, un chárter de la compañía Privilege contratado por la Federación Española de Fútbol, el comandante Joan Vilarroya dio muestras de su optimismo en su alocución a los pasajeros. Tras recordar que su aparato había transportado hasta la fecha 34 expediciones de equipos españoles, selección incluída, y que de todos ellos sólo se había perdido un partido, el piloto informó con solemnidad que el viaje
de vuelta a España saldría de Berlín el próximo 10 de julio. Al día
siguiente de la final, se entiende.
Tras una hora de vuelo, llegó la recepción en el pequeño aeropuerto de Dortmund. Una representación de autoridades locales de la región de Westfalia y del comité organizador del Mundial esperaba a la expedición española al pie de las escalerillas del avión. El ex-presidente del Valencia, Pedro Cortés, que es uno de los delegados de la selección junto al también ex-presidente, en este caso donostiarra, Luis Uranga, recibió al pisar tierra un ramo de flores con los colores de la selección española.
Poco después, mientras los jugadores iban bajando del avión entre los gritos de ánimo de un centenar de aficionados apelotonados con banderas españolas en una esquina de la terminal, le llegó el turno del agasajo a Luis Aragonés. El seleccionador, sin embargo, se tomó a choteo el tema del ramo de flores. Vaya usted a saber por qué, si por una cuestión de alergia a los claveles, de superstición o por otro motivo desconocido. El caso es que, nada más recibir el ramo, Luis Aragonés se lo entregó al más cercano que tenía y largó una de esas frases para las cuales no se sabe si pedir el mármol que merecen las grandes sentencias castizas o una rectificación oficial. «Me van a dar un ramo de flores a mí, que por el c... no me cabe el pelo de una gamba", dijo.
Tras dejar su autógrafo en un balón gigante, los expedicionarios subieron al autocar y pusieron rumbo a Kamen. Allí, en un castillo, les esperaba una representación de las autoridades de la región de Renania-Westfalia para darles la bienvenida y agradecerles por haber elegido su tierra.