Historias del acuario Podría ser un pedreru de La Ñora, o de Verdicio o de Peñarrubia. Hay que moverse con cuidado. El 'efecto realidad' se ha llevado a tales extremos que uno puede llevarse un buen tropezón si no se siguen mínimas normas de control. El agua, a 17 grados, tampoco está para muchos baños. Estrellas de mar, bígaros, oricios, llámpares..., estamos en el 'toca-toca', una especie de 'territorio comanche' dentro del acuario de Gijón. Una zona concebida y diseñada para que los visitantes vean, palpen y jueguen con los charcos y pequeñas lagunas similares a las que se crean en los pedreros de nuestra costa, eso sí, sin tener el bañador como uniforme imprescindible y, menos aún, sin el riesgo de que una ola te ponga como una sopa.
¿Qué se pretende como esta peculiar forma de entender el mundo marino? La idea, y la practica, a juzgar por la experiencia de los dos primeros días en el acuario, responde al propósito de sus diseñadores de crear un universo interactivo entre el mundo marino y el visitante. «¿Se puede tocar?», preguntaba respetuosa una niña de no más de cinco años a sus padres. La tentación era demasiado grande. Delante de sus ojos tenía un pequeño universo marino. Algas, pepinos de mar, caracolas, tomates de mar... «No hay ningún problema, puedes meter la mano en el agua, pero tienes que respetar a los animales», le contestaba amablemente a la pequeña una monitora atenta en todo momento a la evolución de los visitantes.
Bígaros de Poniente
Peor suerte tuvo otro niño que se llevó una reprimenda de su madre por dejarse llevar por sus instintos e hizo lo propio. Mojó la mano y el coscorrón fue inevitable. Lo cierto, y los responsables del acuario son conscientes, es que la zona tiene una señalización escasa. El respeto al medio marino, al diseño de mortero que recrea con fidelidad un pedreru de la costa cantábrica, hace que no sea sencillo colocar carteles donde se indique a los visitantes que pueden, y deben, tocar lo que tienen a mano. Esa invitación a romper la timidez tendrá que ser ajustada con el paso de los días.
Cada rincón del 'toca-toca' ha sido diseñado con el mayor de los detalles. El mortero proyectado fue trabajado a mano creando un espacio natural en el que no faltan ni siquiera las cuevas. Incluso algunos de los 'elementos vivos' expuestos tampoco han tenido que viajar demasiado. Cambiaron de hábitat, pero están a escasos metros de donde fueron pescados. Es el caso de los bígaros y de les llámpares que, hasta hace pocos días, vivían apaciblemente en el mismo pedreru de la playa de Poniente, al lado mismo de los primeros bañistas de la temporada. Allí está la cantera natural para el futuro. Por que es que, por extraño que parezca, el hecho de estar en un medio artificial y controlado dentro de una piscina del acuario, no les garantiza a bígaros y llámpares una vida apacible y segura.
Más bien el contrario. Siempre tendrán la permanente amenaza de la estrella de mar que, si se le ponen a mano, no les tratará precisamente como vecinos y pasarán a formar parte de su dieta. Y es que, por mucho que se trate de un medio expositivo, el instinto animal siempre pone rumbo a la supervivencia.
Doce y cuarto de la mañana. Después de la visita a las nutrias y de encontrarse con las primeras peceras, los visitantes del acuario invaden el 'toca-toca'. Las pequeñas lubinas no paran. Seguro que aún no se han acostumbrado a tanto bullicio. Pero esta zona es sólo el principio, una pequeña prueba de lo que queda por delante para visitar. Primero, veamos lo nuestro, lo cercano. Luego, será el tiempo para los pingüinos, los tiburones... Ahí ya no habrá ninguna posibilidad de 'toca-toca'.