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Lunes, 12 de junio de 2006
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San Antonio o el eterno retorno
La calle volvió a abarrotarse para celebrar la tercera gran fiesta del año en Pola de Siero, con juerga nocturna y sesión vermú dominical
San Antonio o el eterno retorno
LLENO. La calle de San Antonio, abarrotada en la noche del sábado, primera jornada del programa. / PABLO NOSTI
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Dicen los pedagogos que una de las claves para aprender es la repetición. Usos, ideas, técnicas, todo se asimila si se repite. Sin embargo, hay acontecimientos, como la fiesta de la calle de San Antonio, que, pese a la repetición, no llegan a conocerse. Uno sabe lo que se va a encontrar y, aún así, se sorprende. Nunca se está preparado del todo.

Aquí se cumple la teoría del eterno retorno. Un sábado de junio, una discomóvil, la barra del bar oficial atendida por un grupo de Pepitas (siempre son los mismos), una ocupación impresionante, amigos y conocidos que vuelven a hacerse visibles después de un año de invisibilidad (es decir, desde el San Antonio anterior). Sucede además que el día llega demasiado pronto, cuando la calle sigue llena y la gente sigue pidiendo noche.

Tras el sueño reparador (o no), el domingo por la mañana se celebra la misa solemne en honor del santo y una sesión vermú en la que luce un sol pegajoso y mandan las gambas a la plancha, la venta de papeletas y la rifa del 'cabritu' (y la 'burra' o bicicleta, el queso, el jamón y la botella de vino) a cargo de los hermanos Puente.

Y, por último, tras la siesta, llega el arranque vespertino, el bocata nocturno de lomo, criollo o similares en la barra del bar oficial, con comentario de las mejores jugadas del día anterior, la retirada de los prudentes y la continuación de los más osados.

Esto es lo que se hace. Un año tras otro. Nunca falla. Poco importa que, como en esta ocasión, la música terminase antes de tiempo, a las cuatro y media de la madrugada, o que una incómoda lluvia ayudase a dispersar a la gente a las cinco. La esencia es la misma. Y el secreto de que todos disfruten como enanos de esta especie de 'déjà vu' preveraniego está lejos de llegar a conocerse.

La polesa Natalia Artos, que de tanto pisar la calle se ha convertido en una de las principales analistas de su idiosincrasia, definió el poder de atracción de San Antonio por el llamado «efecto anzuelo». Según su teoría, el novato que se acerca por primera vez está desprevenido «como un salmón en una poza del Cares». Cree venir a una fiesta pequeña, de andar por casa, que podrá dominar a su antojo, y «es en ese momento cuando muerde el anzuelo», que según la experta «desde entonces se le queda para siempre en las vísceras».

Lo único que cambia cada año es la canción del verano, que se escucha muchísimas veces (este año le tocó a El Koala) y la imaginería del chigre oficial. En la edición 2006 la parte gráfica se dedicó al mundial de fútbol, con banderas de todos los países participantes y fotos de los propios trabajadores vestidos de hinchas. Además, algunos de los chigreros se mostraban optimistas respecto a la posibilidad de ganar el campeonato (no es que estén locos, es que son argentinos).

Esta calle tiene siempre la misma superficie pero cada día es más grande. Es por la densidad. Sigue creciendo porque mengua el aire que circula entre las personas que la pueblan. Y después están las ganas, que son muchas y están casi intactas, sin el trasiego del verano, con la piel aún sin quemar y poca arena en los zapatos.

Con permiso de la fiesta de Los Pecos, que este año anticipó un poco las cosas, San Antonio se encarga siempre de cortar la cinta inaugural del verano.

Quizá este hecho, la sensación de entrar a bocajarro en el estío, provoque tanto entusiasmo y haga que ni la lluvia ni la nieve pongan freno a ese espectáculo que el sabio lenguaje del pueblo ya ha dado en llamar 'la suelta del jabalí', esa visión de mujeres y, sobre todo, hombres desbocados a los que no les importa saber quiénes son, de dónde vienen ni hacia dónde van.



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