Pablo Sorozábal subtituló su zarzuela 'La tabernera del puerto' de romance marinero. Romance por la estrofa poética sobre la que fluye una serpenteante historia de amor. Marinero por su ambientación, «en un país de fábula» . Pero más allá del romance marinero, 'La tabernera' es una de las cumbres del teatro lírico español.
Cuatro pilares sustentan la grandeza de esta zarzuela: un libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw que envuelve la intriga en un hondo dramatismo. Una música compleja, enriquecida por 'leitmotivs' o melodías recurrentes que simbolizan un ambiente, una persona, una idea, como el tema de la 'Salve marinera' o la melodía inspirada en la canción 'Eres alta y delgada'. Un ambiente verista, en el que el color local se modifica por un realismo esencial y, muy especialmente, un tratamiento vocal de primer orden, centrado en las voces de soprano (Marola), tenor (Leandro), barítono (Juan de Eguía) y bajo (Iván García).
Si se da una buena conjunción de estos cuatro pilares (acción teatral, proyección musical en la orquesta y el coro, ambientación verista y cuatro buenas voces), la tabernera adquiere unos vuelos operísticos, especialmente en el segundo acto, de altísimo nivel. Y esta conjunción se dio, plenamente, en la representación de ayer. Sin duda la cima de la temporada.
Desde una perspectiva escenográfica, confluyen lo que vamos a llamar dos tendencias: la tradicional y la moderna asociada a proyecciones fotográficas y dibujos con influencia del comic. La tradición está en el ambiente, de un realismo expresionista que recuerda a las pinturas de Zuloaga. La acción trascurre en un pueblo a orillas del Cantábrico, podía ser Castro Urdiales. La segunda o innovadora está en las sugerencias de lluvia, las oscilaciones de la luz y, especialmente en la sorprendente primera escena del tercer acto, en la que asistimos al naufragio de Leandro y Marola, en medio de una borrasca marina. La relación de imágenes superpuestas nacidas a la luz del cine, no solo casa con naturalidad, sino que enriquece la acción y perfila el drama.
La dirección escénica de Luis Olmos es de una gran viveza en los movimientos de masas, como por ejemplo las recriminaciones de las mujeres a Marola, en el primer acto, o el prendimiento de Juan de Eguía, en el final. Se buscan los contrastes entre lo cómico y lo dramático. En el escenario, los personajes, especialmente los protagonistas, adquieren vida propia y cierto carácter de arquetipos. Con ello, de lo pintoresco se pasa a lo natural; del color local al realismo esencial.
Cuatro voces solistas
Musicalmente, la orquesta juega un papel esencial. La combinación de melodías diversas, los cadenciosos ritmos coloniales, los motivos motivos melódicos repetidos, requieren una orquesta colorista, flexible y con especial cuidado para el matiz. En este sentido la dirección de Galduf al frente de la OSCO combina rigor y fantasía.
Compactos los coros, y entre los actores secundarios, finísima la bella voz de Pilar Moral en el papel de Abel. Un descubrimiento. 'La tabernera' es una zarzuela que necesita cuatro grandes voces. Estas exigencias vocales de doble índole, tanto técnicas como expresivas, se concretan en una serie de romanzas del segundo acto, para cada una de las voces: 'En un país de fábula', para Marola; 'La mujer de los quince a los veinte', de Juan Eguía, 'Despierta negro', romanza de Simpson, o la popular y extremada romanza de Leandro 'No puede ser'.
Iván García, con una voz más cercana al barítono lírico que al bajo, pero de una encomiable flexibilidad, encarna un 'Simpson' a la perfección. Es un gran actor y un cantante de color excelente.
Correcto y expresivo Juan Jesús Rodríguez en el papel de Juan Eguía. María Rodríguez, soprano lírica, canta un papel de exigencias vocales, pero con potencia escasa. Estuvo sosa.
Y Bros estuvo arrebatador con un estilo propio de Kraus. No recuerdo tantos 'bravos' en una zarzuela como los escuchados después de la romanza 'No puede ser'. Ante la insistencia del público, bisó la romanza. Pura emoción en una jornada inolvidable.