Hacía tres horas que se había bajado del escenario cuando dejó su hotel de cinco estrellas y simplemente cambió de acera. Enfrente, en la calle de César Augusto de Zaragoza, le esperaba un pub inglés y una minifiesta privada con los componentes de su banda como protagonistas. Una hora antes, habían arribado sus músicos, con Albert Menéndez, el teclista cubano que canta junto a ella en el escenario, a la cabeza. Para ellos se había habilitado una pequeña zona del bar en busca de intimidad de paso restringido, pero a la vista de todos. Eran las tres de la madrugada cuando se sumó a la fiesta Shakira. Sonriente, sencilla, hizo gala del temple de una auténtica profesional a la hora de atender a los fans. Ni una mala cara ni un gesto de hastío ante las peticiones de fotos... Besos, abrazos, saludos y sin apear la risa de su mueca.
En las distancias cortas Shakira se dulcifica. La imagen de loba que transmite en sus videoclips no sólo se difumina sino que se evapora por completo. Es como una niña grande con aspecto angelical. Es delgada, bajita, de tez morena. Son las tres de la mañana y viste pantalón y camiseta oscura, lleva la melena castaña con reflejos avellana suelta, aunque se la recoge en una coleta por momentos. Habla, besa, saluda, se fotografía. Y también encuentra un hueco para contestar preguntas.
-¿Qué tal el concierto?¿Cómo se ha sentido?
-Bien, muy contenta, muy emocionada.
Son sus primeras palabras tras saber que quienes preguntan no son fans sino periodistas. Ella mira a los ojos de sus interlocutores, coge sus manos, se interesa por la venta de entradas en Gijón y confiesa que nunca ha pisado la ciudad a la que llegará el domingo. «La verdad es que no lo conozco, pero tengo muchas ganas de estar allí para verlo con mis propios ojos», dice con ese acento sudamericano que dulcifica aún más su aspecto amable.
La reclaman aquí y allá, pero ella no quiere quedar mal con nadie. «Me tengo que ir a saludar, ahora vuelvo», disculpa y anuncia. Y lo curioso y sorprendente en una estrella de su talla es que vuelve. Minutos después está allí de nuevo y es ella misma la que pide una foto. Se agarra a los periodistas, a los fans y de nuevo sonríe. Eso sí, no quiere hablar, «porque no es momento de entrevistas», porque para ella es una noche especial y «creo que estoy en el bar equivocado», confiesa poco antes de recorrer apenas unos metros y ir al bar de al lado. Allí celebra su cumpleaños el fotógrafo catalán Jaume de Laiguana. Cuarenta primaveras cumplía esa noche el codirector creativo de la gira 'Fijación oral' y el autor de las imágenes que ilustran sus últimos discos.
No era momento para entrevistas, pero se dejó convencer y, a preguntas de EL COMERCIO, confesó su amor al escenario. «Me emociono cuando veo a 18.000 personas cantar mis canciones», decía para justificar sus lágrimas cuando interpreta baladas como 'No'. «Estoy contenta cuando canto para ellos, porque estoy muy acompañada, nunca me he sentido sola en el escenario, siempre estoy acompañada», aseguró la cantante y compositora de Barranquilla.
Habló también de su gira mundial que acababa de arrancar horas antes, en la que ha primado los temas en castellano frente a los ingleses que se incluyen en el volumen II de su 'Fijación oral'. «Es que es una gira en español porque la gente quiere cantar las canciones», afirmó la artista que compone y canta en ambas lenguas. Puede que la inglesa le dé un toque más rockero a sus música. «¿Te parece?», pregunta ella y responde a la gallega: «No sé si hay diferencia o no, pero alguna habrá». Sonríe y se va con la música a otra parte. Con ella está su novio, Antonio de la Rúa, y también amigos como Miguel Bosé, que departía amigablemente con el popular Miguel Ángel Michavila.
Salen del local, caminan unos metros y se van al de al lado a celebrar el cumpleaños. Ella, discreta, se sitúa donde no la vean y sigue la fiesta. A las cuatro y media cruza de nuevo la calle y se despide de Zaragoza. Hoy estará en La Coruña y el domingo, en Gijón.