Argentina habla el mismo idioma que España. Incluso, por lo visto ayer, un poco más fluido si cabe. Si la selección de Luis se había convertido en la novia de este Mundial por el garbo futbolístico que paseó contra Ucrania, Argentina enamoró hasta a los brasileños. Qué ya es decir. Esta selección de Pékerman está llena de pequeños 'diegos'. Todos admiran a Maradona. Quieren ser como él y en partidos como ante Serbia y Montenegro casi lo consiguen para orgullo del Diego de verdad, que desde la tribuna disfrutó como un niño grande y brindó con un cohíba por la goleada, y eso que está prohibido fumar en los estadios.
Riquelme, Saviola, Maxi, Tévez, Messi, Crespo, Sorín... Difícil donde elegir. Todos y cada uno, pero desde luego juntos ayer recrearon una maravillosa tarde de fútbol. La albiceleste se vistió de azul oscuro para borrar del mapa a Serbia y Montenegro y presentar su firme candidatura al título. Tiene tanto que el problema es elegir. Sería justo conceder un mérito mayor al equipo titular, porque fue el que encarriló el partido con un fútbol fácil, sencillo, casi programado, pero también es verdad que los que remataron la faena, Tévez y Messi, demostraron que están para jugar, aunque ya entonces el rival estuviera con diez, por la expulsión de Kezman, y desquiciado por verse fuera del Mundial.
Ser seleccionador argentino en estos momentos de bonanza debe ser un premio y un castigo. Todo a la vez. Pékerman, en un rasgo de personalidad, mantuvo el mismo once, con el pequeño detalle de la entrada de Lucho González por Cambiasso. Al cuarto de hora la lesión del primero devolvió al interista a la titularidad, y de qué modo. Su gol, el segundo -ya había marcado Maxi a los cinco minutos, tras una preciosa jugada entre Sorín y Saviola-, fue una obra de arte.
Una joya. La ejecución y la elaboración. Ni repetido por televisión se pueden contar los toques que dieron los argentinos sin que los serbios tocaran el balón antes de que Crespo dejara de tacón para que el ex madridista superara a Jevric. Más de cuarenta, posiblemente. Una acción colectiva para guardar en la hemeroteca. Una circulación de balón eterna con la guinda de un remate precioso.
Ahí cayó el telón de lo que se entiende como un partido, para pasar a ser un monólogo argentino. Una exhibición en la que se mezclaron con armonía el juego colectivo y las individualidades. Argentina maneja los partidos como si todos los hubiera jugado antes. Los tiene en su cabeza y los trabaja a su antojo. Los duerme y los sacude. Parece que no está, pero aparece para matar. Es como el boxeador que golpea, pasa a protegerse y vuelve a golpear. Cada golpe suyo cierra un ojo del contrario. Así fueron los tres primeros goles antes del descanso.
Mientras, Riquelme es la referencia del equipo en ataque, el hombre que frena o acelera cada acción de transición según le interese, es Saviola quien más llama la atención por su aportación al juego del conjunto. Ya lo demostró ante Costa de Marfil. Ya no es el delantero que espera en el área a que le llegue el balón. Ahora lo busca, se abre a las bandas para desmarcarse y los pelea todos. No marcó, pero dio el primero y el tercero, ambos del rojiblanco Maxi, y cuando se marchó a la hora de juego, no podía ni con su alma. Lo había dado todo. Nunca se le había visto recuperar como el que propició el tercer gol. Ni ampliar tanto su campo de acción.
Pékerman comenzó a mover el banquillo a la media hora. Primero Tévez y después Messi. Los dos juntos aceleraron aún más el tango argentino y se montaron el fin de fiesta. Messi le dio el cuarto a Crespo. Tévez hizo el quinto en un gran pase de Riquelme y 'caño' a un rival incluido. Y el que cerró la cuenta y la media docena, para Messi en jugada de Tévez y Crespo.
Ya no había tiempo para más, pero fue mucho, muchísimo y todo bueno. Serbia y Montenegro fue una caricatura de equipo, arrollado por un transatlántico que tiene camarotes de gran lujo en todas sus líneas. Si los de arriba se llevan la fama porque son los que más entran por los ojos, los de atrás al mando de Ayala son inabordables. Lo dicho, un firme candidato al título. Lo tiene todo y le sobra para poder ganarlo.