El naranja del Euskaltel lo teñía todo. Aquel 4 de abril, en las calles de la localidad guipuzcoana de Segura, en lo que era el final de la segunda etapa de la Vuelta al País Vasco, Samuel Sánchez entró triunfador. Cruzó la meta, fijó su mirada al cielo, dirigió un beso a su madre fallecida y luego se llevó la mano al maillot. «¿Viste lo que hizo al entrar en meta?», preguntó un vasco a un asturiano mientras veían el triunfo. «Sí», contestó él. «Pues eso es lo que nos gusta a nosotros. Es humilde, buena persona y agradecido».