«Esto no lo cambio ni por todo el oro del mundo». A Raquel Busta quizás no le darían lingotes por su piso de la calle de Claudio Alvargonzález, pero sí mucho dinero. Vivir a orillas del mar se ha convertido en Gijón en un privilegio de pocos: los que compraron hace tiempo, los que tienen contratos de alquiler antiguos, los que heredaron de sus padres o del cada vez mayor número de madrileños y vascos que fijan en Gijón su lugar de vacaciones. Para Raquel, como para Cristina Menéndez vivir en Rufo Rendueles, o para Rafael Luna, en Marqués de San Esteban, «es un lujo».
Son las zonas preferidas de los veraneantes, donde más pisos se alquilan por temporada, y también las más caras. Pero allí también viven gijoneses que se saben «privilegiados», aunque no siempre haya sido así o encuentren también algunos inconvenientes. El salitre en las ventanas, las molestias de la 'movida' o el ir y venir de los vecinos veraneantes son algunos de ellos. Pero las ventajas son muchas más. Y sobre todas, una: «Abrir la ventana y ver el mar te da media vida». La frase se repite en todos los casos.
Eso es lo que deben pensar los que están dispuestos a pagar no menos de 300.000 euros (50 millones de pesetas) por un piso en Rufo Rendueles. Y eso, con 60 metros cuadrados y necesidad de hacer reformas. Porque la mayoría de las viviendas que están a la venta en el Muro «han estado en alquiler muchos años y ahora necesitan muchos arreglos», explican en la Agencia Domingo. También se pueden llegar a pagar 542.000 euros (90 millones de pesetas) por un ático entre las escaleras 6 y 9. Y 481.000 euros (80 millones de pesetas) por un piso nuevo de 90 metros cuadrados en Poniente. O hasta 300.0000 euros por un apartamento de 50 metros cuadrados en esa misma zona. Y no menos de esa cantidad por un piso en Marqués de San Esteban. Sólo en el Arbeyal puede bajar a los 240.000 euros (40 millones de pesetas).
El Arbeyal y Poniente parecen tener más éxito entre los gijoneses y menos entre los de fuera, que vienen «siempre con la referencia de San Lorenzo», dice Pablo García, de la Agencia Garsán. Dan buena fe de ello Cristina Menéndez y Carlos Rodríguez, que viven con la pequeña Ana, de 8 años, en el número 11 de Rufo Rendueles. Desde su balcón del cuarto piso hay una vista privilegiada de la playa de San Lorenzo. Tan privilegiada, que algunos días ver el «hormiguero» de gente del arenal les quita las ganas de bajar a tumbarse. Pero son los menos. En realidad están encantados de poder ser de los primeros en extender la toalla en cuanto sale el sol. Y a media mañana, cuando casi todos van, ellos ya vuelven.
Faltan otros propietarios
Cristina y Carlos viven allí desde hace ocho años. Ella dice que no lo cambiaría «por el mejor chalé de Somió». Él duda. Pero lo cierto es que están «muy contentos». Dicen no tener problemas con el aire, ni con la humedad, ni con el viento. En cambio, echan de menos a los vecinos durante el invierno, especialmente cuando hay reuniones de la comunidad y hay que ponerse de acuerdo en algo. Como ahora, decidir si se suman o no al plan del Muro. A ellos no les gusta, les obligaría a cerrar un balcón ya indispensable para la familia. Les falta quórum en el edificio, pero les sobra en la calle, especialmente los fines de semana. La 'movida' es lo peor de vivir donde están, dicen.
También eso empieza a molestar a Rafael Luna. Entra en su casa por Marqués de San Esteban, pero el aire y la vista le llega por Rodríguez San Pedro. 42 años viviendo en el mismo lugar le permiten decir que «esto ahora es el sitio más bonito de Gijón». Pero no lo ha sido siempre, y menos cuando bajo la ventana del salón tenían un almacén de troncos, las vías del tren, la estación de mercancías, las ratas y los gatos. Ahora es distinto. Ninguno de sus hijos y nietos faltan a la cita de la hoguera de San Juan. Desde allí han visto levantarse el acuario y hacen lo propio con el centro de talasoterapia. Han sido testigos del crecimiento del puerto de El Musel. Y de cómo rellenaban de arena Poniente. Por contra, deben vivir en directo los conciertos de la Semana Grande y sufrir la falta de aparcamientos en la zona, y los cortes de tráfico por las numerosas pruebas deportivas. «No lo cambio por nada. Ni por El Muro», dice Rafael. En cualquier caso, en ambas zonas la vivienda roza ya los 6.000 euros por metro cuadrado, un precio que dejó de ser récord en Gijón. Así lo confirman también en la Agencia Asturias.
Tampoco cambia lo que tiene Raquel Busta. En realidad, lo único que modificaría ahora es haberse ido a vivir a la calle Claudio Alvargonzález cuando compró su piso, hace ahora unos 9 años. En aquel momento prefirió alquilarlo y hace sólo tres que se mudó. «Para mí no hay ningún inconveniente, sólo ventajas». Cerca de su casa puede pasear, comprar, ir todas partes sin coche. Pero, sobre todo, puede salir a su terraza de 30 metros cuadrados en cuanto se levanta. Es lo primero que hace a las siete de la mañana. «Esto es una gozada, soy una privilegiada. Yo salgo a la terraza y cojo aire. Si hace sol, en casa da todo el día. Cuando vienen yates a Gijón, los ves en el puerto». En resumen, ninguna desventaja, insiste.
Raquel sabe que se están pagando verdaderas fortunas por viviendas en su calle. Y lo entiende. «Comprendo que la persona que se lo pueda permitir quiera venir aquí. Yo ahora no lo cambio por nada. Ni por un chalé en Somió». Se repite de nuevo la frase. Para ella, natural de Lastres, ver el mar es una necesidad. Y si a eso le puede añadir el pequeño «jardín botánico» que ha organizado en su terraza, la conclusión está claro: «Es perfecto».