El conocido por el apodo Dascoíte es un auténtico analfabeto funcional que no dispone de teléfono ordinario, ni de móvil, ni de ordenador. Es así que cuando se halla fuera (según él pasa largas temporadas, con todos los gastos pagados, en una villa que se llama Villa Bona o algo así) me envía las palabras y palabros que va incorporando a su 'Diccionario del disparate' por medio de pichones mensajeros.
(Me permito un nuevo paréntesis, aun a riesgo de que se escandalicen ecologistas y colombófilos, pero el caso es que después de recoger el material lexicográfico me zampo los mensajeros con un arroz).
Y ahora, he aquí el último material incorporado a la magna obbra:
Anarcotraficante: dícese del que transita por la vida difundiendo las ideas de Proudhon, Bakunin y compañía. El más recalcitrante que conozco es Acracio Barricaes, quien proclama por doquier que «el anarquismo no ye ninguna utopía, y, en cualquier casu, ye bastante menos utópico que pensar en la desaparición de la partidocracia, esa lucha de intereses hipócritamente enmascarada como enfrentamientu de principios, cuando todu dios sabe que ye una mera participación en los asuntos públicos en pos de ventajes personales». Ha dicho.
Cementerio: para los antropófagos era una despensa de carne y de huesos para caldo. Además no son pocos los antropólogos que piensan que los sarcófagos son el antecedente de las latas de conservas.
Emimente: el que posee una mente sobresaliente, cual es mi caso.
Incorruptible: el que no recibió jamás un soborno u otro tipo de proposición deshonesta.
Monólogos: aplícase a las charlas de chigre en las que cada interlocutor suele ir a su rollo, especialmente a medida que avanza la ingestión de culinos de sidra.
Pelayo: como resultado de concienzudas investigaciones, el historiador Polibio de Peñamellera Baja llegó a la conclusión de que el primer monarca asturiano no era visigodo sino que había nacido en Gijón, que por aquel entonces abarcaba sólo el cerro de Santa Catalina. Así lo expresa la propia etimología de la palabra 'playu', surgida del nombre regio trascaer la 'e' aplastada por las consonantes, y transformándose la 'o' final en 'u' según norma habitual del bable. A su hijo Favila, que quiso traer la capitalidad a Gijón, lo mató un cortesano peludo cual oso llamado Velludo Adolfo Pero esa es otra historia