LO primero que sorprende del pianista madrileño Alexis Delgado es su juventud -28 años-, lo que no obsta para que le acompañe una maestría que hizo patente el sábado en las partituras de uno de sus compositores preferidos, Bach, junto a piezas de Scarlatti y Schubert.
Arrancó con la Coral Befiehl y el Preludio en Si menor, de Juan Sebastian Bach, tras un breve instante de concentración, y las notas brotaron delicadísimas, posándose sobre el teclado como quien camina por la superficie del agua. Precisas y matizadas, con el gusto del que ama el arte que practica. De ahí que un repertorio complejo, de grandes dificultades técnicas, se le antoje al auditor sencillo, desbordado por la conjunción de unas manos que tallan el aire.
Delicadeza y firmeza, esas paradojas imposibles que sólo se pueden disfrutar por completo en el mundo artístico.
El Preludio en Do menor -también de Bach- introdujo el vértigo, desplegando Alexis Delgado el virtuosismo que ya había anticipado en su primera interpretación, graduando el sonido, convirtiendo el piano de cola en pura armonía, en línea ondulada, color de lluvia, espejismo, lugar sin tiempo, caricia, escritura volátil. Dificílisima pieza de ejecución impecable, en la que el espectador se deja ir a merced de un talento excepcional.
Por momentos, el programa deriva hacia ecos melancólicos, pero más allá de las palabras, que así es la rosa.
Delgado deja suspendidas las manos en el aire y vuelve al prodigio, deleitándose en primera persona con la Suite Francesa No 2 en Do menor.
Lo fácil de lo difícil es que no se repite, o sea, que se hace ameno. Ese ha de ser el misterio que ha desvelado el pianista, que resuelve de un modo tan asombroso el jeroglífico que lo muda en sencillez.
Scarlatti es el brío y los dedos que se multiplican, con el cuerpo curvándose en arco, entregado el artista por entero.
De Schubert escogió el Impromptu No 4 D889, Sonata en Do mayor D840 y Moderato, desnudando el espíritu sensible del creador austriaco.
Alexis Delgado afirma que la música es atemporal, lo que permite que compositores de distintas épocas puedan encontrarse en torno a un piano y confraternizar. Ese milagro fue el que en la tarde del sábado realizó este joven con cara de niño aplicado, acaso un poco travieso en la mirada, que esconde a uno de los grandes concertistas de piano españoles, galardonado en el año 2000 con el Crompton Bach Price.
La sensación que deja es la de que en el futuro, los espectadores que le siguieron en el Auditorio Príncipe Felipe, podrán decir que estuvieron allí. Una solemne velada en la que se le aplaudió con largo agradecimiento.