Cerca de dos horas invirtieron los vecinos de Balmori en cumplir con la tradición ancestral que representa la plantación de la hoguera. El rito se escenificó ayer en presencia de una multitud de romeros y sobre un eucalipto que medía 35 metros y pesaba 3.200 kilos. La base del árbol tenía 2,50 metros de circunferencia. La jornada se inició a las ocho de la mañana cuando los simpatizantes de San Juan, acompañados por una carroceta, recogieron el descomunal madero en el barrio nuevense de Robazón, tras haberlo cortado la tarde anterior en la profundidad de la enorme masa arbórea que representa la zona conocida como el Río de Nueva. Y es que decían ayer los entendidos que las buenas hogueras se cortan «en una profunda laguna, donde no penetran el sol, las estrellas y la luna».
Una vez en Balmori, el tronco fue depositado a orillas de la fuente, donde a las cinco de la tarde lo recogieron para su traslado Islero y Gallardo, dos fornidos bueyes propiedad de Juan González Sordo, 'El Marineru'.
Sobre la plataforma de un carro llegó el eucalipto a la plaza del pueblo y una vez allí se ataron en su cima las banderas de Asturias y de España. Mientras tanto, el carpintero local Pedro González se encargó de colocar «los tornos», pequeñas piezas de madera donde se amarran las cuerdas. Según él mismo manifestó lleva «más de cuarenta años cumpliendo esta función». Y señaló que antiguamente eran de madera de fresno, pero ahora «los hago de jatoba porque es más resistente».
A las seis en punto de la tarde ya todo estaba preparado y las mozas, acompañadas por el repique de un tambor, iniciaron los clásicos cánticos que sirven para envalentonar y jalear a los hombres en su esfuerzo.
Ardua tarea
Dentro del hoyo de casi tres metros de profundidad se situó Gaspar Pérez para ir acomodando el emboque y la fusión del madero en el agujero. Para cumplir tal labor precisó de cuatro metros cúbicos de tierra y más de doscientas gruesas piedras de caliza. Y terminó saliendo de la sima sangrando tras haber dejado una uña en el empeño.
Quienes se encargaron de izar el árbol fueron más de cincuenta mozos que, además de sus hombros y brazos, necesitaron el complemento de cinco apoyos verticales de elaboración artesanal y la presencia de cuatro cuerdas. Las maromas se situaron en cuatro direcciones y resultaron un elemento de ayuda fundamental cuando el tronco se encontraba en una elevación superior a los 45 grados. Cuando empezaron a caer esporádicas gotas de fina lluvia y el tiempo transcurría cansinamente, las mozas ya habían dejado de cantar.
El vecino César Fernández, bien aconsejado por el veterano Luis Obeso, era el encargado de ir dando potentes voces para sincronizar los movimientos de la plantación. A cada empuje, el madero se elevaba de forma casi imperceptible, por lo que fueron necesarios más de un centenar de impulsos para dar por concluida la faena cuando las manecillas del reloj se acercaban a las ocho de la tarde. En ese instante comenzaron a repicar las campanas de la iglesia y se escucharon los primeros sonidos de la gaita.
Llegó el momento de los generosos culetes de sidra y sin apenas tiempo para el reposo se inició la romería con el acompañamiento musical de las orquestas Ría de Arosa y Carisma.