HAY una delgada línea que separa un gran concierto de uno normal (sin más). Y traspasarla no es cuestión de vatios, confeti, vídeos o vestuario. Es cuestión de 'feeling', que dicen en inglés, es cuestión de tener la sensación de que lo que se ve, se escucha y se baila es único e irrepetible, es cuestión de creer que, como canta Shakira, «hoy es un día especial». Eso le falta a la gira 'Fijación oral': frescura, improvisación e incluso hasta un pellizco de imperfección y un poco más de gracia. Nadie duda de la corrección de sus músicos ni la de la suya propia en escena, pero quizá tanto ensayo, tanto repertorio inamovible y tanto medir cada paso y cada nota, hagan que la fiera que es Shakira encima de un escenario -doy fe de que lo es- se desvanezca con tanto corsé y tanto adorno que -además- no necesita.
El 26 de mayo actuó en el Rock in Rio de Lisboa con su banda de siempre en una especie de aperitivo de su gira de sólo una hora de duración. Y a veces es mejor picar algo que degustar el menú completo. Aquel día traspasó la línea y se comió ella solita a las más de 90.000 personas que la veían cantar y bailar. Ese día, ella lo pasó bien, disfrutó, sonrió, lloró... Y el público, también.
Tres semanas después, estrenó gira en Zaragoza y el domingo llegó a Gijón. Hora y media de música con todo muy bien cocinado, pero envasado al vacío. Un poco congelado, incluso. ¿Alguien puede decir que lo hizo mal? No, ni mucho menos, pero no pasó la línea.