No sólo se estrenaban sombreros, modelones y fracs. El hipódromo más famoso del mundo se puso guapo ayer para recibir a la alta sociedad británica vestida de gala y su nuevo traje costó una auténtica fortuna: 200 millones de libras esterlinas es el precio de una renovación que se puso de largo con presencia de Isabel II. Sonaron las fanfarrias, las trompetas y la reina hizo una declaración de intenciones: «Podemos esperar muchos años de carreras en un ambiente de clase mundial», dijo tras observar la nueva tribuna que fueron ocupando quienes acudían a mirar a los caballos y, también, a mirarse los unos a los otros. Porque, al fin y al cabo, eso es Ascot: mirar y dejarse ver entre apellidos y ilustres y nombres que se preceden de lady y sir.