EN la espléndida página web del fotógrafo Joan Fontcuberta, se puede leer el siguiente texto: «Sputnik: la odisea del Soyuz 2 explica la misteriosa desaparición de un cosmonauta soviético, Ivan Istochnikov, en plena carrera espacial al final de los años sesenta. Proyecto de ficción en el que Joan Fontcuberta inventaba un personaje al que daba su rostro y su propio nombre, traducido al ruso. Hechos reales se entremezclaban con otros fabulados, y documentos auténticos con otros manipulados, en una narrativa que intentaba instaurar de nuevo la incertidumbre. Sputnik prueba cómo la manipulación de las imágenes y de los archivos permite remodelar la memoria colectiva y la historia al capricho de los intereses más oscuros».
Lo que el artista plantea como una investigación de inevitables resonancias orwellianas (la reescritura de lo sucedido por parte de quienes detentan el poder), acaba transformándose, gracias al afán del ínclito Iker Jiménez por convertir la credulidad en jugo sapiencial, en un lapsus catódico de proporciones desconocidas.
Parece obvio que el periodista (sic) lo sabe todo acerca de ectoplasmas, psicofonías y sábanas santas, pero no es menos evidente que, en la asignatura de Historia del Arte, no pasó del capítulo dedicado a las cuevas de Lascaux.
Uno de los mayores estímulos ¯y también una de las mayores condenas¯ de la televisión reside en su capacidad para generar opinión. Es un estímulo porque nos permite escuchar a Félix de Azúa, a Valentín Fuster o al subcomandante Marcos; es una condena porque nos permite escuchar a Pitita Ridruejo, a Julián Muñoz o a Colin Powell.
Por desgracia, es habitual que la capacidad para generar opinión esté en relación directamente proporcional a la estupidez del discurso manejado. Un astrofísico genera menos opinión que un ufólogo; un cardiólogo, menos que un curandero.
Soplan buenos vientos para la credulidad. En el mercado editorial, Dios agota todas las ediciones; en el mercado digital, las estrellas mediáticas confunde a la perrita Laika con el bueno de Pluto; en el mercado de la guerra, las armas invisibles cotizan al alza. Harta de realidad, la gente se vuelve hacia los fantasmas.
¿Qué buen gol marcaste, camarada Istochnikov!