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Viernes, 23 de junio de 2006
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En el equipo titular que Francia presentó en su partido contra Corea, formaban dos jugadores blancos (Barthez y Sagnol), un hijo de inmigrantes argelinos (Zidane) y ocho futbolistas de raza negra, cuatro nacidos en Francia (Abidal, Gallas, Henry y Wiltord) y cuatro oriundos de Guadalupe (Thuram), Guayana (Malouda), Senegal (Vieira) y Zaire (Makelele).

Mientras sonaba 'La Marsellesa' y la cámara nos mostraba a los 'bleus' cantando el himno nacional más famoso del mundo, recordé lo sucedido hace sólo unos meses en la periferia de las grandes ciudades francesas. Bastaba con colocarles un pasamontañas y un cóctel molotov en la mano a nueve de los once titulares del equipo francés para que tan rutilantes estrellas se convirtieran en los muchachos hambrientos de libertad, igualdad y fraternidad que pusieron patas arriba el país vecino para vergüenza de una Europa incapaz de ocultar sus miserias.

Una vez más, el fútbol, espejo de tantas cosas, se convierte en reflejo del doble discurso de una sociedad. Cuando el negro o el magrebí conquistan la gloria deportiva, son inmediatamente absorbidos, digeridos y metabolizados por el país de adopción. La patria no entiende de razas ni credos cuando el triunfo está en juego. Cosa distinta será el día en que dejen de darle patadas a un balón y regresen a un lugar donde el único gol consiste en lograr una vida digna. Entonces la República universal de los hombres libres acaso vuelva a verlos como cuerpos extraños, citoyens de segunda clase.



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