«Me desperté cuando ya estábamos dando vueltas. Lo único que pude hacer fue sujetarme la cabeza y taparme la cara». Ruma Barbero, uno de los fundadores de Felpeyu, sufrió contusiones por todo el cuerpo, pero pudo salir de la furgoneta siniestrada por su propio pie. «Todavía no sé cómo pude salir vivo de aquel amasijo de hierros», decía ayer a EL COMERCIO. La imagen del vehículo y de sus dos amigos fallecidos pasaba ayer una y otra vez por su cabeza. Estaba aún desorientado, confundido. Mientras esperaba en la cafetería del hospital a que dos de sus compañeros recibiesen el alta, sólo pensaba en poder abrazar a los suyos, en aquel momento de camino hacia Vitoria desde Gijón. Por momentos, su mente se ausentaba de la conversación, casi intentando escapar de aquel lugar al que nunca querría haber llegado.
Ni Ruma ni el resto de los supervivientes se atrevieron a tocar a Igor y Carlos, que fallecieron en el acto como consecuencia del impacto. Uno de ellos conducía, el otro dormía justo a sus espaldas, en el asiento trasero. «Un conductor que paró para auxiliarnos les tomó el pulso, pero todos nosotros sabíamos que estaban muertos. La escena era demasiado evidente». Llamaron a los servicios de emergencia, y con la voz entrecortada pidieron ayuda. «No sabíamos ni siquiera qué hacer. Lo único que recuerdo es que estaba casi paralizado, y que lo único que pedía era que Slaven siguiera consciente, siguiera entre nosotros».
Todos sus instrumentos quedaron desperdigados por la zona a la que llegó la furgoneta. «No sabemos qué sucedió, pero es probable que el sueño nos jugase una mala pasada. Eso ya no importa, lo que importa es que ellos ya no están».