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Domingo, 25 de junio de 2006
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CUENCAS
LA LUCIÉRNAGA
El apagón
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Hay filósofos de guardia que se ríen de la idea de que la gente pueda entenderse hablando.

A primera vista, pudiera parecer un contrasentido, si aceptamos que la filosofía está ahí para esclarecer ideas mediante la palabra.

En realidad, lo que nos vienen a decir es que la comunicación necesita interlocutores en un mismo plano del lenguaje. O sea, que del mismo modo que sería difícil el diálogo entre un chino y un español que sólo conocieran su propia lengua, también estarían los puentes rotos si quienes aspiran a comprenderse parten de vocabularios dispares y, sobre todo, de diferentes criterios metodológicos desde el punto de vista filosófico.

Por resumir y a modo de ejemplo, sería improbable que el inefable Iker Jiménez pudiera hacer buenas migas desde su cuarto milenio con la racionalidad de un discurso aristotélico. Más que nada, porque estamos en el tercer milenio y el cuarto debe ser el limbo.

Pero lo que vale para la filosofía, no es útil para todo.

Existen campos en los que el sentido común -que implica una dosis de buena voluntad- puede prescindir de la erudición sistemática. Y es posible acabar entendiéndose. O no.

El caso de la empresa Menasa ha oscilado entre esos dos extremos.

No ha sido un camino de rosas sostener la lucha de los trabajadores y un encierro que se aproxima al año por parte de algunos de ellos, recabar la solidaridad de la sociedad langreana y atravesar muchos viernes de atasco en las salidas y entradas del municipio, gestionar política y sindicalmente la adquisición de la industria en crisis por una nueva firma. A lo largo de este periodo, sin duda han existido momentos de desánimo y desconfianzas que no siempre estuvieron justificadas. Pero, al final, cuando comenzaba a verse la luz, ha llegado el apagón.

Debería emplazarse a Triman para un último esfuerzo. Inútil sería reprochar las dilaciones que han mantenido los accionistas minoritarios y que en el último instante han comprendido la perentoriedad de su decisión.

Algo semejante acontece en otras esferas de la vida pública española, en las que se niega el diálogo. Puede que no en todas las ocasiones se culminen las conversaciones con el entendimiento. Lo que es seguro es que fuera de esa alternativa, las rosas tienen muchas más espinas.



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