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Domingo, 25 de junio de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA
Sociedad
«Aún me suena raro llamarle marido»
59 parejas homosexuales se han dado el sí quiero en Asturias desde la aprobación de la ley. Julián y Kike cuentan su vida de casados en vísperas del Día del Orgullo Gay
A Kike le gustan las películas sensiblonas; Julián las prefiere de acción. Kike escucha música pop y Julián disfruta con los discos clásicos, el flamenco y también la salsa. El primero se tapa los ojos cuando en la televisión aparecen escenas 'gore' y Julián se ríe de ese terror a la sangre y vísceras que siente su marido. «Llamarle marido aún me suena raro. Muchas veces son nuestros propios amigos los que nos rectifican. 'Que ya no es tu novio'... me corrigen».

El próximo jueves, día 29, Kike Riestra y Julián Alonso, celebran sus dos primeros meses de casados. Nada especial, dicen. Una cenita, un buen vino y repasar el álbum de fotografías para recordar ese día en que ante 117 invitados, entre amigos y familiares, se dieron el sí quiero en el Ayuntamiento de Oviedo. Como ellos, en Asturias, 58 parejas de homosexuales y lesbianas han decidido casarse desde la entrada en vigor de la ley que permitió los enlaces entre personas del mismo sexo, según los últimos datos, ofrecidos esta misma semana por el INE.

Mucho han cambiado los tiempos, pero poco las cosas cotidianas para esta pareja que en esas fechas ya llevaba 13 años de convivencia. «Hay algo fundamental. Ahora sé que Kike no se quedará en la calle sin nada si a mí me sucede algo porque él será mi viudo», comenta Julián.

Ahora se sienten iguales al resto de los ciudadanos. Pero esa indiscriminación también puede tener efectos negativos. Hasta tal punto que al casarse Kike ha perdido una ayuda económica que recibía por una minusvalía porque los ingresos de su cónyuge han empezado a computar como los de una unidad familiar.

«Sabíamos que dar el paso tendría esa consecuencia, pero la ley se aplica a todos por igual. ¿No? Hace apenas una semana que Kike ha encontrado trabajo como repartidor de publicidad y, aunque la situación económica no es la más boyante nos vamos arreglando», explica Julián, que imparte clases de inglés en el colegio público Alcalde Próspero Martínez Suárez, de Riosa.

Hasta entonces, era Kike quien soportaba la carga de la mayor parte de las tareas domésticas. Ahora, han vuelto a compartirlas. El repartidor hace la colada y cocina cuando puede, mientras que el profesor procura llenar la nevera los sábados y así organizarse el resto de los días de la semana. «En los fogones nos apañamos bien los dos y además nos complementamos porque a Julián se le dan mejor los pescados y a mí, los potes y la paella».

En su piso de 66 metros cuadrados, el despertador suena a las siete y media de la mañana. El primero en despegarse de las sábanas es Kike. Hace el café para los dos, se fuma un cigarrillo y se va porque a las ocho le recoge una furgoneta para iniciar la distribución. Julián sale de casa un poco más tarde. Todos los días queda con una compañera con la que se turna el coche y viaja hasta Riosa donde ambos dan clases. Cuando regresa a casa, a mediodía, habitualmente Kike ya ha comido. Las tardes las dedica a trabajar desde el ordenador y a cuadrar las cuentas de la asociación Xente Gai Astur (Xega) de la que es tesorero. Después, una hora de tonificación en un gimnasio y los lunes y miércoles van juntos a clases de baile de salón. «Empezamos en enero para aprender el vals para la boda y nos gustó así que decidimos seguir», comenta Kike, que también confiesa que es «más pato que Julián a la hora de bailar».

Tras las clases, la pareja suele dejarse caer por algún bar de su barrio, se toman una cervecita y regresan a casa. «No somos de salir mucho y tampoco de beber. Cenamos, vemos un poco la tele, poco porque la verdad no hay nada que nos guste, y a la cama porque al día siguiente hay que madrugar».

-¿Hay algo en sus vidas distinto al de cualquier otro matrimonio?

-En realidad no, quizás la posibilidad de tener hijos. Hace diez años nos hubiéramos planteado adoptar, pero hoy no. Yo tengo 43 años y con todos los respetos a mí no me parece una edad idónea para educar a un niño. Cuando él sea adolescente yo ya estaré entrando en otra etapa, contesta Julián.

A Kike la idea de adoptar un niño también le hubiera gustado hace unos años: «Ahora no, todo está encajado en nuestras vidas y un bebé podría desencajarlo todo a estas alturas. Además la sociedad todavía no está preparada y nos mirarían».

Tampoco barajan la posibilidad de adoptar a un niño algo mayor. «No creo que sean precisamente esos niños los que necesiten ser acogidos por una familia especial como la nuestra. Lo ideal, incluso, es que pudieran ser adoptados en hogares donde ya hubiera otros niños de edades similares», comentan.

Sobre ese tema en casa no hay discusiones. Y como en todas, las hay por otras cuestiones, la mayoría de las veces tan nimias como ridículas: «Suelo dejar la ventana de la cocina entreabierta y él entra y la cierra. Nos podemos pasar así el día hasta que uno cede. Son manías», desvela Kike.

Julián sabe sin embargo que puede sacarle de quicio si le mete prisas y tenerle contento «si le doy a todo la razón». Pero no siempre se la da y ahí puede comenzar una riña. «Tenemos carácter. Sin embargo no tenemos grandes broncas. Julián es más reservado y reflexivo y yo tengo un carácter más impulsivo, pero no somos rencorosos», cuenta Kike.

Tampoco celosos. «Es un cuestión de confianza y nosotros confiamos el uno en el otro», señala.

Dicen que los dos llevan los pantalones en su hogar, aunque Kike admite que es Julián quien siempre le ha dado la seguridad necesaria para visibilizar su homosexualidad. «Él me animó mucho. La verdad es que nuestra relación ha discurrido de forma paralela a la normalización de nuestros derechos en este país, pero al principio yo sentía muchos miedos y él me ayudó a superarlos. Es una persona muy segura de sus pensamientos e ideas», cuenta.

No es difícil para Kike en este momento de la conversación remontarse al día en que se conocieron. «Estaba en un bar de ambiente, él se acercó a mí y comenzamos a hablar. Yo para eso soy más tímido. A él le conocía y le veía muy normalizado, yo tenía más problemas para aceptarme. Fue en 1992 y en 1997 comenzamos a vivir juntos, primero en Lugones y ahora en Oviedo».

Lo demás ya se sabe. Boda por todo lo alto, tarta nupcial, vals, alianzas y elegantes chaqués para formalizar jurídicamente una relación sólida. Los dos recuerdan la cantidad de personas que se habían reunido en la plaza del Ayuntamiento de Oviedo para recibirles. «A mí me hacía gracia ver a la gente mayor felicitándonos y tratándonos con absoluta normalidad», dice Kike.

Unos días después, viaje de novios a Turquía con visitas a Estambul y Capadocia y, algunas compras, de las que destacan un ojo de la suerte que han decidido colgar en la pared del pasillo. En materia de decoración tanto Kike como Julián aportan sus idea hasta llegar a acuerdos y lo mismo sucede con el espacio para distribuir la ropa en los armarios, los potingues en el baño y los libros en las estanterías. En el capítulo de sueños ambos comparten uno, comprar una autocaravana y recorrer mundo. «Después de ver cumplido el de nuestra boda, la verdad, es que éste es sólo sentarse a esperar».



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