La historia de Julián y Kike es una constatación de una evidencia, la de que las personalidades homosexuales son tan heterogéneas como las de los heterosexuales. O sea, normales.
Y que si a uno le gusta el campo a otro le puede atraer más el mar, dividir sus predilecciones musicales entre el pop y Mozart, elegir una película de Capra o preferir las trepidantes aventuras de Indiana Jones, disfrutar de las corrientes de aire o cerrar las ventanas de la casa a cal y canto. Eso, sí, ninguno de los dos sigue la corriente a los aires conservadores que han puesto el grito en el cielo porque se amplíen en la Tierra los derechos de quienes pertenecen a un colectivo minoritario.
Por cierto, la ley que puso en vigor los matrimonios de personas del mismo sexo, tuvo una primera réplica de los sectores tradicionalistas en relación con la hipótesis de que España tendría su capital en Sodoma y en Gomorra, que la invasión de la rosa gay socavaría el modelo convencional y que el siguiente paso sería la hibridación con el reino animal.
Qué escasa confianza en el vigor de la raza hispánica. Freud sabrá.
Una vez corroborado que sólo 59 parejas homosexuales asturianas han decidido ponerse el anillo nupcial, el clamor es porque no eran necesarias tantas alforjas legislativas para unos amores numéricamente insignificantes. ¿En qué quedamos?
Los hay que confunden la cantidad con la calidad jurídica de la igualdad. Y quienes se tiran al monte sin distinguir la raza hispánica de la cabra hispánica.