Contraponiendo las figuras del derrochador y del avaricioso, Kant llegaba a la conclusión de que el segundo era peor que el primero. Pues, mientras quien dilapida sus bienes pone en riesgo la vida futura, el avaro se priva de la vida presente. Es como si no hubiera vivido, como si se hubiera engañado a sí mismo transfiriendo su expectativa de disfrute a la esperanza, en vez de aplicarla a la realidad.
Al manirroto tal vez se le pueda recriminar su imprudencia, pero el que se entrega a la lujuria de acumular y conservar el dinero peca de estupidez. En el mejor de los casos, la única satisfacción que obtendría es la de vivir más tiempo, pues al renunciar a los gastos renuncia también a muchos placeres nocivos para la salud.
La tacañería es la forma vulgar, menor y cotidiana de la avaricia. El tacaño no aspira a amasar grandes fortunas, sino a vencer todas y cada una de las pequeñas batallas que el día a día nos hace librar contra el dinero. Su móvil no es precisamente el ahorro entendido como el control razonable de los gastos propios con el fin de poder hacer otros gastos más convenientes, necesarios o provechosos. Hay personas que restringen sus gastos durante cierto tiempo, al cabo del cual se permiten el lujo de unas buenas vacaciones. Es decir, no hacen de la tacañería un estilo de vida sino que administran sus recursos conforme a un cálculo inteligente y con sentido práctico. En cambio el tacaño mira la peseta como un fin en sí mismo.
La explicación psicológica más sumaria de la tacañería asocia a ésta con el sentimiento de inseguridad. En teoría, se agarran más al dinero las personas temerosas de lo que pueda sucederles en un futuro para el que deben abastecerse de reservas, o las que guardan en su memoria una imagen de la infancia llena de penurias y privaciones. Los que han conocido la pobreza y han logrado salir de ella no quieren volver a ese estado.
Pero esta actitud, llamémosle previsora, tiene sus grados. No es lo mismo el comportamiento del ahorrativo que, sin someterse a grandes sacrificios, guarda parte de lo que tiene para asegurarse cierta tranquilidad, y el obsesivo afán de acumular propio del roñoso. Éste es de los que, para prevenirse de las vacas flacas, se condenan a una pobreza perpetua. Sumido en la miseria originada por su enfermiza austeridad, acaba siendo como el que posee un lujoso traje pero no se lo pone nunca, esperando el momento propicio para hacerlo. Ese momento llega el día en que lo entierran enfundado en las ropas de las que no ha disfrutado en vida.
Aristóteles condenaba a los tacaños por inútiles no sólo para la sociedad sino también para sí mismos. Pero, bien mirado, su necedad sí reporta beneficios a otros. Pueden preguntárselo a sus herederos, como ya observó La Bruyère: «El heredero del avaro gasta en diez meses más de lo que él gastó durante en toda su vida». Y es que la codicia indiscriminada tiene mucho de pasión absurda, propia de una mentalidad que confunde los medios con los fines y, a fuerza de perseguir el dinero, acaba adorándolo y por tanto siendo esclavo de él.
Avaricia destructiva
En un reciente libro -'La avaricia' (ed. Paidós, 2006)- Phyllis A. Tickle explica que este vicio es «la matriarca de los pecados capitales» debido a su enorme poder destructor: nubla la vista y confunde el entendimiento. Adopta la apariencia de virtudes tales como la austeridad y la sobriedad, pero esconde una patología donde se entremezclan recelo, resentimiento, afán de poder, menosprecio de los demás y, sobre todo, incapacidad para disfrutar de las cosas buenas de la vida.
En nuestro tiempo se suele considerar que los trastornos psicológicos y de conducta relacionados con el dinero son aquellos que comportan el despilfarro y el gasto inmoderado: los trastornos relacionados con compradores compulsivos, consumidores irresponsables, derrochadores o ludópatas. A los tacaños, que se encuentran en el otro extremo, no se les ha prestado suficiente atención porque se supone que su manía no siempre es tal. Pues ¿dónde está la diferencia entre el avaro y el ahorrador? ¿No suele decirse que gastamos mucho más de lo necesario? ¿No es el tacaño, por tanto, un modelo a imitar para acabar con la sociedad del despilfarro?
En este sentido, el mensaje que los poderes transmiten a los individuos no puede ser más contradictorio. De una parte le incitan a consumir sin freno para estimular la producción y la circulación de bienes en una economía de mercado a la que hay que echar de comer a todas horas; por otro, se le conmina a ahorrar para no hipotecar la economía del futuro. Los vaivenes macroeconómicos exaltan hoy al austero, mañana al derrochador. Han desaparecido los referentes a los que mirar para saber si tirando la casa por la ventana somos virtuosos o malhechores, y a la inversa: si al controlar las luces encendidas de la casa nos conducimos como buenos ciudadanos ahorradores o como miserables y rastreros roñosos. MONTESQUIEU
SCHOPENHAUER
JEAN DE LA FONTAINE
JOSEP PLA
ILUSTRACIÓN MARTÍN OLMOS