Entre dos mundosJueves, 15 de junio
El último reflejo de Ondarroa
Una ciudad, ya se sabe, es muchas ciudades; esta vez Jon Kortazar me lleva por Bilbao La Vieja, tan gentil, y a mí me viene a la memoria aquel viaje con el grupo Güestia. Adolfo Camilo, Víctor Picallo y yo veníamos a actuar con una obra de teatro que había escrito Camilo en homenaje a Harold Pinter. Reconozco algunas esquinas, la plaza mayor, las calles que se retuercen hacia su destino buscando su final. Reconozco lo que veo: nada de lo que recuerdo. Veinte años son muchos, demasiados.
Salimos de la calle Ascao y vamos por Esperanza hacia Sendeja. Jon me dice unos versos de Aresti, interpretados en su momento como una denuncia social: «Entre Ascao y Sendeja / la esperanza es estrecha y oscura». Pero en la calle Esperanza, que no es estrecha ni oscura, vivía un antiguo amor no correspondido de Aresti, que se llamaba Esperanza. No sé por qué, pero hoy me gusta más esta explicación.
Txani Rodríguez, de 'El Correo Vasco', me pregunta por mis nuevos proyectos. Un fotógrafo, muy simpático, me martiriza haciéndome fotografías en todas las posturas imaginables: sentado, de pie, con el puño en el mentón, mirando muy lejos. Me siento ridículo aunque, afortunadamente, las preguntas de Txani son muy inteligentes y me dan 'cuerda' para hablar de lo que me preocupa: cómo el tiempo pasa arrastrando vivencias disolviéndolas en algo que, sin ser, es.
Más tarde, nos vamos comer con Kirmen Uribe. Todavía en nuestras palabras se enredan los chistes de Mallorca, aquella luz tan pura que aquí en el País Vasco, como en Asturias, parece tan sólo la fábula de una fuente. Por la tarde hablaré en el teatro Arriaga: estoy feliz con mis amigos, tan atentos, pero también me siento solo y cansado y pensativo. Jon le dice a Kirmen que su última antología saldrá ahora publicada por una editorial alemana. Kirmen retoma la conversación que habíamos interrumpido en Mallorca: su novela va poco a poco, como la mía, pero va. Hacemos una apuesta: el uno de setiembre nos la enviaremos. Me habla, también, de los marineros de su pueblo: ahora se embarcan en el aeropuerto y se dirigen a Chile, a Perú, a Australia. Pero en la retina de sus ojos lo último que se refleja son los colores de muelle de Ondarroa.
Viernes, 16 de junio
Animula vagula blandula
Amanece. Una tormenta eléctrica sacude los árboles y la lluvia, cayendo muy adentro en mi corazón, azota el jardín. Me levanto de la cama sin saber muy bien dónde estoy: me asomo a la ventana y veo un bosque denso como en las mañanas de mi infancia. Esto es Mungia, me digo, estoy en casa de Jon. Me río: ayer, por las calles de Bilbao, mi amigo ironizaba sobre mi conferencia recordándome que en el Teatro Arriaga, en sus días, dictaron sus obsesiones Unamuno, Pío Baroja, Lorca... Al indicarme mi cuarto en su casa, me dijo que allí habían dormido ya Luis García Montero, Manuel Rivas, Suso de Toro... Me vuelvo a la cama. Deben de ser la seis. Digo las palabras mágicas que siempre o me adormecen o me calman: «Animula vagula blandula». Estoy entre amigos. Estoy bien.
Más tarde, cuando me levanto, Miren ya ha preparado el desayuno: sentados en el corredor de la casa, miramos a lo lejos el pueblo. Nubes que pasan, coches que discurren levemente por la carretera, remolinos de luz. El mundo está empapado: esa sensación de ponerse un jersey, abrigarse con los brazos y sentir la dulzura del vivir.
Sábado, 17 de junio
Páginas marchitas
Martín López-Vega está estos días en mi casa en Uvieo. Me llama por teléfono y me dice que es curioso: casi tenemos los mismos libros, pero los de mi biblioteca comprados diez años antes. Supongo que se referirá a los libros portugueses: ediciones de Fernando Pessoa, Miguel Torga, Jorge de Sena, Sophia de Mello Breyner, Eugénio de Andrade... Da miedo pensarlo, el tiempo que pasa. El otro día, en casa de una amiga, apareció un ejemplar de 'Nel cuartu mariellu' mi primera colección de poemas publicada en 1982. Releí por encima algunos de los poemas, de los que casi no me acordaba, y de repente una tristeza indefinible se apoderó de mis pensamientos: no era por el tono de los versos, que más bien me provocan una irónica sonrisa, todo lo tierna que se quiera, pero sonrisa al fin y al cabo, sino por el estado de las cubiertas del libro: amarillas, ajadas, de otro tiempo. Uno puede envejecer: es justo, puesto que no puede haber felicidad ni desdicha sin el conocimiento del tiempo. Pero las cosas de uno sólo deberían comenzar a envejecer con la muerte de uno. ¿Cómo es posible que aquella luz de mi adolescencia se haya marchitado ya? ¿Cómo puede morirse parte de lo que somos y seguir nosotros vivos?
Domingo, 18 de junio
La luz de Peñarrubia
Este año aún no me había bañado en el mar (metí los pies en el Mediterráneo, por puro fetichismo, pero eso no cuenta). Me he venido con unos amigos a Peñarrubia: siempre me sorprende cómo el paraíso está tan solo a unos kilómetros de casa. Creo que no hay mayor placer que este: sentarse en una roca, dejar que el sol acaricie tu cuerpo, sentir el bullicio breve a estas horas de las olas rompiendo en las rocas. Un barco pasa distante. Como un niño imagino que se dirige a un puerto lejano; como un niño olvido que en ese puerto hay grúas y usureros y galipote. Decido que no: hoy ese barco carguero no es lo que aparenta sino un trirreme romano. Trae noticias de Sicilia, donde tan dulces son los higos y tan dulces las horas del vivir.
Lunes, 19 de junio
Los misterios de la poesía
Paseo, por la calle del Carpio, con Martín López-Vega y Javier Almuzara. Una pelota pasa rodando vertiginosamente y, tras ella, un niño de cuatro o cinco años. Corre tras ella tambaleante y desesperado, pero la pelota sigue su camino.
-Imaginad -les digo a mis dos amigos¯que es Dios tras el mundo.
Martín López-Vega se ríe de la idea y me la toma a broma. Javier Almuzara dice que no está mal la imagen. En un momento, en ese breve trecho, complementarias, dos formas distintas de entender la poesía.