No hay respiro en la inclemente escalada de Fernando Alonso en pos de su segundo título. Inflexible, volvió a ganar. Los circuitos del mundo no conocen otro gobernador en el último mes y medio.
Cuatro de cuatro en una cadena que ha convertido lo excepcional en normalidad. En Montreal dedicó una nueva reverencia a su repertorio de saludos: un ave gigante presta para el despegue. Nunca como ayer el símbolo se funde con la realidad. Veinticinco puntos le separan de Michael
Schumacher, quien se aferra como una garrapata al segundo puesto al que le condena el asturiano.
Todo suena a números gruesos cuando de Alonso se trata. Lleva más puntos que nadie en la historia en esta franja de la temporada (84), ya supera a Coulthard como segundo piloto en activo con más victorias (14), de nuevo en estadísticas de 'crack' ('pole position', vuelta rápida y triunfo), seis victorias en nueve citas y tres segundos puestos. Es el Michael Schumacher de 2004, el que regalaba migajas a Rubens Barrichello, el Lance Armstrong de los siete Tours, el Tiger Woods que obligó en su día a revisar las reglas del golf. Es excesivo.
Desde el semáforo verde, por encima de los avatares del día, la prueba canadiense certificó la evidencia de que Alonso administra una proverbial facilidad para imponerse a las dificultades. Salió mal Giancarlo Fisichella, pero Raikkonen no llegó nunca a su altura pese al intento de adelantamiento en la vuelta doce. Montoya se ventiló a Rosberg en otra embestida cerril del fogoso colombiano, pero Alonso ya iba por delante. Michael Schumacher fue devorando rivales a favor de viento (el accidente del alocado Montoya, la pasividad de Jarno Trulli, las cuitas de Giancarlo Fisichella, el error de Kimi Raikkonen en el último giro), pero Alonso se mantuvo imperturbable.
La trazada del Parc de Notre Dame pareció por momentos una pista de patinaje. Los neumáticos no se sujetaban al alquitrán y la ceremonia de trompos, salidas y empellones coronó a Ralf Schumacher como el empleado de la semana. Se fue cuatro veces a la hierba, hasta que se retiró, casi más por desesperación y vergüenza que por el matiz técnico que siempre ofrecerá la Fórmula-1. Todos patinaban, Raikkonen, Schumacher, Fisichella y también Fernando. Pero él fue el que menos. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.
Los empleados del circuito canadiense comenzaron a colocar las banderas en la parte oculta del podio a cuatro vueltas del final. Los enganches del paño complicaron la tarea y con tres giros por delante, respiraban felices, ya finalizada la tarea. Patinaron las Michelin de Raikkonen, Schumacher le sobrepasó como una centella y los operarios sudaron la gota gorda para cambiar la enseña de Finlandia por la de Alemania. Raikkonen, por cierto, empieza a sumar puntos para convertirse en el Zülle de la temporada. En la primera parada, un mecánico no atinó con la rueda trasera derecha. En la segunda, se paró su motor Mercedes y tuvo que arrancar de nuevo. Hizo 24 segundos en dos detenciones. Y por ahí respiró el asturiano.
El ritmo infernal de Alonso obliga a inspeccionar el calendario y a establecer una diana como punto final de su reluciente campaña. Septiembre, en Monza o por ahí, si continúa la secuencia de Alonso primero y Schumacher segundo. «Ni lo miro. La mejor defensa es seguir atacando», dijo el ovetense, que seguro que se llevó una buena sorpresa cuando le comunicaron vía radio el desliz del finlandés.
El riesgo del hartazgo también está ahí. Cuando el dominio es avasallamiento, la emoción se difumina. Se acude a la cita del fin de semana, se espera con paciencia delante del televisor a que el asturiano gane (o no) y hasta la próxima. La ficción hecha realidad. ENVIADO ESPECIAL