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Martes, 27 de junio de 2006
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Violencia escolar, muy explicable
LOS 13.400 profesores agredidos en el último curso son un claro exponente de que esa violencia se va extendiendo a un ritmo elevado en España. Las descalificaciones, amenazas, insultos y agresiones físicas y verbales, los actos vandálicos, son las distintas formas en que muchos alumnos expresan su agresividad cuando quien detenta la autoridad, como el profesor, tiene que hacer uso de ella, si existe transgresión de la disciplina académica o incluso si tiene que reñir a un alumno para que se comporte. Este fenómeno social en fase de expansión no es algo repentino y tiene claras explicaciones, otra cosa distinta es que tenga solución fácil, que no la tiene. Afortunadamente, es aún una minoría la que ejerce la violencia física y una minoría más amplia la que ejerce la violencia verbal contra la autoridad docente, pero va creciendo el número de alumnos violentos y la intensidad de sus acciones. La autoridad del profesor comienza a estar seriamente asediada y cunde la sensación de impotencia porque el alumno sabe que sus acciones pueden quedar impunes. Algo ocurre para que el profesor haya pasado de ser un profesional respetado a estar desprestigiado y sin autoridad.

Contexto psicológico

Este fenómeno se entiende acudiendo a dos contextos, el psicológico del propio individuo que ejerce la violencia y el sociológico, en especial el familiar, pero también el ambiente social imperante. Un alumno explota violentamente cuando se siente frustrado en sus intentos de salirse con la suya, cuando se encuentra con obstáculos en el camino de satisfacer sus deseos a toda costa, cuando se siente sujeto de derechos y ve en quien le señala sus obligaciones un enemigo, o cuando ese mismo alumno no considera inaceptables algunas de sus conductas, aunque lo sean, sino que las justifica y defiende y ataca a quien le exige, reconviene o recrimina y con más razón a quien pretende castigarle por transgredir la norma. La violencia es así un modo o recurso de derribar cualquier barrera que se interponga en el camino de hacer lo que realmente le apetece, pero que no debe hacer. Si el sujeto es un ser impulsivo, por inquieto, hay más probabilidad de reaccionar violentamente ante cualquier obstáculo que le frene.

Contexto sociológico

Esta explicación es aplicable en todos los casos. Es universal que el ser humano reaccione más o menos violentamente cuando se ve frustrado.

Pero, en el caso que nos ocupa, es aconsejable acudir al contexto sociológico para encontrar una explicación más precisa que justifique el por qué este fenómeno va adquiriendo tanta relevancia. Si un chico ha crecido en una familia en la que se le han satisfecho con gran facilidad sus peticiones y caprichos tendrá la conciencia de que fuera en el mundo ha de ocurrir otro tanto de lo mismo. Si se ha educado en un ambiente familiar en el que no se le ha obligado a cumplir unas normas, bien porque algunas no hayan existido o bien porque, aunque existiesen, se las podía saltar a la torera por sistema sin que se le llamase la atención y por supuesto no se le castigase si las infringía ¿cómo va a reaccionar humilde y obedientemente cuando sus profesores, por ejemplo, pretendan que se esfuerce, que se calle en la clase, que apague el móvil, que haga sus deberes o que trate bien el material del centro? ¿Cómo reaccionará ante un NO cuando ha experimentado que en su familia se le ha dicho que SI o aceptado sus caprichos o se han plegado a sus rabietas, a sus voces o a sus imposiciones? ¿Cómo va reaccionar como súbdito escolar cuando tiene conciencia de haber sido el rey o un tirano con sus padres, con el permiso de estos? ¿Cómo va a aceptar que le suspendan o fracase en la consecución de sus objetivos si casi siempre se salió con la suya? ¿Cómo va a callarse cuando le recriminan su actitud, si siempre interrumpió desde pequeño a sus padres mientras estos estaban hablando ¿Cómo pedir perdón cuando nunca lo pidió? ¿Cómo va a aceptar que le digan que se esté quieto quien desde muy pequeño no lo hizo ni en casa ni en la consulta del pediatra, ni en ningún sitio donde debía estarlo hasta que le llegase su turno de moverse? ¿Cómo no va a pegar a un profesor si le dio una patada a su madre o arrojó por el suelo la comida un día porque no le gustaba?

Esa violencia, que algunos ejercen, viene ya alimentada por una educación familiar basada en consentir al hijo porque si se le frustra se enfada y parece, erróneamente, que se le quiere menos.

Añadamos a esto que muchos de los padres en cuanto que se enteran de que a sus hijos se les ha reñido en el colegio por sus comportamientos indisciplinados no sólo no riñen al hijo sino que ellos mismos echan contra ese profesor o en el peor de los casos se presentan en el instituto y ponen a parir a quienes les decomisaron algún objeto peligroso, les mandan un apercibimiento por alterar la convivencia y el ritmo de la clase o simplemente porque les han recriminado.

Un contexto más amplio

Si a esto le añadimos, también, que en esta sociedad el violento y agresivo es un ser noticiable, tiene fama y respeto por el miedo que impone, que suele salirse con la suya impunemente, o casi, a la vista de cómo muchos infractores de las leyes entran a la comisaría y salen al momento sin mayores problemas, que el que protesta o agrede consigue intimidar a los demás y estos plegarse, que todo el mundo se ha vuelto más reivindicativo de sus derechos, pero al mismo tiempo las obligaciones son más bien ignoradas.

Si añadimos que el violento y agresivo consigue que su presión dé resultado, si sabemos que el ejercicio legítimo de la autoridad está desprestigiada y mal vista y la autoridad por tanto no cotiza al alza en el mercado de valores humanos y protestar aunque sea sin razón es signo de poder, tendremos una visión un poco más precisa y una explicación un poco más completa de este fenómeno creciente. Las cosas no ocurren porque sí.



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