LA tortura es incomprensible, más como placer y absurdo cualquier afán por inmortalizarla. En Irak funcionó como desahogo sexual de brutos que sentían placer jodiendo al prójimo. La filmación ha suplido a la revista porno, la imagen en movimiento excita más que una paralítica foto. La búsqueda de información, el fin como justificación de medios ilícitos, era un timo: aquellos bestias querían diversión, liberar obsesiones que torturaban sus mentes obtusas; ¿qué menos!, dado su sacrificio humanitario. Luchaban contra el sufrimiento ajeno liquidando prójimos.
No hay mal que cien años dure -de momento van tres, que tampoco está mal-, pero la imbecilidad tiene efecto imán, se multiplica, es capaz de parir aprendices de soldado universal y práctica casera: pensar globalmente, actuar localmente. Desaparecen especies del planeta y reaparecen otras antediluvianas por generación espontánea; la última, la joven bestia telemóvil, amante de la violencia gratuita y cara a la vez, irracional y creativa. Al tecnodinosaurio le gusta ensañarse sofisticadamente con la presa. Cierto que no tiene cárceles como en Irak, ni enemigo a la vista, pero la fantasía puede con todo. La prisión es su tedio, la vida miserable que soporta, y, como enemigo, vale cualquiera, estudiante, indigente o anciano. Lo enseña la doctrina de la seguridad. Es necesario prevenir, defenderse -quien da primero da dos veces- y, sobre todo, filmarlo para la posteridad. Lo último en cultura de la imagen: inmortalizar mortales a base de recordarles su fragilidad.
La creatividad humana es imprevisible. ¿Podía imaginar que el móvil-cámara servía para grabar tortas? o, más bien, ¿para provocarlas? Le regalas un teléfono móvil al niño para saber donde está a las diez de la noche y lo usa para grabar leches en el instituto o en la calle a las cuatro de la tarde. No necesita motivo, hay usar el aparato, rentabilizarlo y, dada el coste de la llamada, no es tan ñoño como para grabar novias o fotografiar paisajes, mejor repartir cera. No se trata del aprendiz de reportero filmando lo que pasa, sino del hastiado provocando situaciones que den sentido a su tecnológica vida para divertirse y decir: «yo estaba allí». La vida no acontece para ser contada o creada, sino como decorado de cartón-piedra para películas que inmortalizan guiones de absurda ficción.
Vista su atracción por la imagen y su afición cinéfila no estaría de más reconvertir su móvil en espejo para que el imbécil se vea la cara y pregunte, mientras ve reflejada la joya que lleva dentro, a qué juega, a ver si por afirmación reactiva se convierte en humano o, al menos, se ciega deslumbrado ante tanto narcisismo. ¿Vivir para... filmar!