a hannover Como reconocen todos sus integrantes, a la selección española le ha llegado la hora de la verdad en el Mundial. Durante la primera fase, el equipo de Luis Aragonés ha dejado buenas vibraciones, pero ha sido ante rivales de inferior categoría y en partidos que tampoco tenían la carga de tensión y dramatismo de los que se juegan a vida o muerte. En fin, que lo de esta noche ante Francia en el Niedersachsenstadion de Hannover es otra historia; un examen en toda regla de la verdadera capacidad competitiva de esta España joven y ambiciosa que se ha empeñado en tocar el cielo de Alemania y dar carpetazo al triste sino del equipo nacional en las grandes competiciones.
Una primera lectura del partido, que puede significar mucho o nada cuando las hostilidades se trasladen al terreno de juego, es que van a enfrentarse dos selecciones casi antagónicos en la imagen que reflejan. España y Francia vienen a representar el futuro y el pasado. Hablamos de una selección de veinteañeros con talento y ganas de comerse el mundo y de otra de viejas glorias que ya lo han conquistado todo y sólo aspiran a mantener viva la llama de su antiguo esplendor. De su 'grandeur'. De ahí que exista tanto respeto entre ambos equipos y que ninguno de los dos se fíe lo más mínimo de su rival. Domenech, de hecho, hasta se guardó el once titular. Francia teme el toque, la imaginación y la frescura juvenil de los españoles. Y España teme la fuerza, el oficio y el contragolpe francés a través de Henry, cuya vigilancia deberá extremar.
El choque tiene todos los ingredientes necesarios para cautivar a los aficionados. Dejando a un lado el factor emocional, el duelo de estilos no puede ser más atractivo. La selección española ha llegado a este Mundial convencida de que sólo puede ser competitiva teniendo el balón. Hay consenso a este respecto. El mensaje de Luis Aragonés y el de sus jugadores es idéntico y se repite como un salmo en cada rueda de prensa. España debe tocar y tocar. Tan convencido está el 'sabio de Hortaleza' de esta cuestión que, lejos de tomar precauciones para jugar contra Francia, ha hecho todo lo contrario: ha llevado su apuesta por el toque hasta sus últimas consecuencias dando entrada a Raúl, que enganchará con los centrocampistas desde la media punta, y a Cesc Fábregas, un futbolista que piensa más rápido y toca mejor que Senna.
Enfrente, Francia jugará a otra cosa. Sus dos medios centros, Makelele y Vieira, dos fuerzas de la naturaleza, pondrán sus cinco sentidos en torpedear la circulación española; una labor en la que también deberán implicarse los volantes Malouda y Ribery. A Zidane, que se despediría del fútbol en caso derrota, ya no se le puede pedir tanto. Su objetivo será conservarse fresco y con su magia intacta para poder conectar con Henry, que muy probablemente actuará esta noche como único punta.
En realidad, ésta es la única duda que plantea el once de Francia. Si uno arriba o si dos. Por razones que se nos escapan, Luis Aragonés aseguró ayer que estaba convencido de que Raymond Domenech jugará con Trezeguet acompañando a la estrella del Arsenal. La percepción general, sin embargo, es otra. Pocos creen (y menos con el convencimiento del 'sabio de Hortaleza') que el seleccionador francés repita el 4-4-2 con el que ganó a Togo. Y es que, teniendo en cuenta que Zidane será titular, la inclusión de Trezeguet obligaría al técnico de "les bleus" a prescindir de uno de los volantes (Malouda o Ribery), lo que dejaría un costado muy débil. Y ya se sabe que la asimetría nunca es vista con buenos ojos por los entrenadores, especialmente ante rivales que saben mover el balón y bendicen cada espacio libre.
Uno de los grandes retos de los jugadores de la selección española será trasladar al campo la confianza en sí mismos y en su capacidad como equipo que muestran a diario fuera de él. Pocas veces se ha visto a los internacionales de España tan seguros de sí mismos en la víspera de un partido de esta envergadura. La duda que flota en el ambiente (una mezcla de vértigo, aprensión y fatalismo hispano) es si seguirán estándolo después de escuchar La Marsellesa, cuando el balón se ponga a rodar y los franceses aprieten las tuercas en cada metro cuadrado del campo.