Aún con los párpados de sueño, Paco Mancebo recibió en su habitación a Vincent Lavenu, su director. Ayer era la mañana elegida por el Tour para hacer pública parte de la lista de Eufemiano Fuentes. Ojos líquidos, con lágrimas en las comisuras. Bastaron dos miradas. Una por barba. «Esto se acabó. Me voy de aquí», dijo el ciclista del Ag2R. Lavenu comprendió. Un rato más tarde, el Tour iba a implicar a su corredor. «Paco me ha dicho que se largaba, que se acabó la bicicleta», relató luego el técnico francés. Fue un mal despertar.
El ciclismo vive en una burbuja. Para muchos el dopaje es un mal necesario. Parte del método. Hay como una ley interna: doparse no es recurrir a fármacos prohibidos o atajos, sino exagerar. La ayuda farmacológica es sólo un hilo más en una madeja de trabajo, sufrimiento y calidad genética. Muchos ciclistas vivían, viven, dentro de esa filosofía. En un mundo irreal. Los niños creen que los árboles de los sueños dan sombra. Y no dan. Ayer, cuando Francisco Mancebo se despertó supo que todo había acabado. El foco del dopaje le alumbraba a él. La realidad estaba impresa en un parte oficial del Tour. Su nombre era uno de los excluidos. «Ahora sólo tengo ganas de irme de vacaciones a Huelva, con mi familia. Irme de aquí». Caminaba resignado, con el ánimo dentro de su sombra.
Tenía esta premonición. Ha visto a muchos amigos desfilar ante el pelotón de fusilamiento. «Cuando vi que empezaban a salir nombres, supe que este momento iba a llegar», confesó. Mancebo fue siempre una perla. Chico listo criado entre Madrid y Ávila. Hijo adoptivo de José Miguel Echávarri. Un ciclista rápido y escalador de amateur. Sufrido, doliente y sólido como profesional. El gesto retorcido, la prueba de la dureza de este deporte y capaz también de ser cuarto y quinto en la general del Tour, su carrera. Ayer se le acabó. «Sabemos cómo es el Tour y ha presionado para que nos echen». Más que dolido estaba abatido. Se sentía casi traicionado. «Dicen que han aplicado el código ético. Pero si lo aplican de verdad, aquí sólo corre Leblanc», lanzó como un cuchillo.
A las tres y media de la tarde, metió su Tour en una maleta y se fue. Lejos del ciclismo. Aún tiene 30 años; le quedaban pedaladas. Pero, como dijo ayer su director: «C'est fini». «Estamos muy decepcionados. Cuando fichamos a un español, tomamos muchas precauciones, pero no han sido suficientes». Lavenu, ácido, preguntó: «¿Por qué no se han cuestionado nunca cómo conseguían meter a 16 corredores entre los veinte primeros?»